Un modelo 80 y pico traumada por las luchas de una generación que nació hipper inflada, creció con Barbies importadas y cuando tuvo que salir a ganarse la vida ya no había más trabajo. Todavía no lo hay…
Igual estudié (y lo sigo haciendo, porque no hay diplomitas en mi pared todavía) y trabajé a la par para hacerme adulta y crecer, cosa que hoy catalogo como una boludés. Cultivé el cerebro en lugar del culo, el cual se agrandó gracias a la modernidad de los escritorios de oficina.
En el último año cambié los caprichos de mi padre (uno de mis traumas) por los caprichos de mi concubino (otro trauma, lógicamente). También adopté una perrita después de desearla por más de 20 años y lucho por llegar a fin de mes con un sueldo mísero.
Estoy sentada en mi escritorio laboral y el estómago me recuerda que necesita su primera ración solida del día. Suelo maldecir por olvidarme de comprar algún comestible. Y también maldigo a mis compañeros metrosexuales que ayunan todo el día para luego matarse en el gym, mientras yo suplico por media docena de facturas. Nunca me olvido de maldecir el lugar geográfico de mi oficina. Estimo que el negocio más cercano (de cualquier tipo, no discrimino, puede ser desde un almacén hasta una ferretería) debe quedar a unas 8 cuadras de distancia. Ergo, cuando hay hambre, no queda más opción que comerse las uñas o aguantarse.
Pero no! Reviso mi cartera y descubro que a las 7:45 am no estaba tan dormida como pensaba y atiné a revolearle algo adentro. Un Memé. Una delicia que suele ser bastante económica en las panaderías, pero no tanto si se adquiere en el sector gourmet de Disco.
Un memé no es más que una tortita de coco con membrillo. No me gusta mucho ni el membrillo ni el coco, pero el memé si. Es la combinación perfecta de dos medios gustos que da como resultado un manjar para el paladar y otro para el alma. Mi infancia está regida por los sentidos. Y el olfato es mi sentido más desarrollado. Tres gustos/olores tienen la capacidad de transportarme al instante a una época en que no existe la posibilidad de tener memoria. Al menos eso dicen los facultativos. Yo les digo que es mentira.
La leche tibia con esencia de vainilla les puedo jurar que me recuerda al abrazo de mi madre, a la succión de la mamadera, al placer de algo rico y tibio en mi boca. Me adormece, me da paz. Según mi madre, recurría a este recurso de mamadera con azúcar, esencia de vainilla y crema de leche porque no había forma de que la tomase pura. Dice también que dejé la mamadera a los 18 meses. Habrá que creerle…
La primavera hacer florecer todo, el aire se llena de nuevos olores y colores. En esos momentos, mi nariz puede descubrir en un radio de 300 metros un Jacarandá. Su aroma, su color, la temperatura del aire alrededor, el suelo sembrado de sus flores. Y de repente me veo a mi misma, con menos de 4 años, sentada en el umbral de aquella casa, juntando sus flores y jugando con Caro. Esa cuadra desértica, ese árbol en la puerta, solo para mi. Caro a mi lado, pero con la calma que los años le obligaron a tomar, con dolores crónicos en sus patitas que algunos malvivientes le supieron regalar. Ella igual se acerca, pausada, y me brinda su amor. Si ella supiera que todo el amor que plantó en mi, hace ya tiempo que germinó.
El tercer y último ticket para el viaje en el tiempo se lo lleva el memé. Que tomó ese nombre de mi inventiva, cuando resultaba imposible pronunciar torta de coco. Lo apodé Memé, y hasta el día de hoy en mi familia lo llamamos así. Son mis meriendas con mi abuela, después de la siesta. “Te compre un meme” me decía. Y de vez en cuando, si puede, va a la panadería y al volver repite esa frase. Y ahora meriendo con mate, pero al lado de ella, charlando y compartiendo un memé.
Y vuelvo a ser niña, otra vez. O acaso alguna vez dejé de serlo?
Recorrimos esas cuadras despacio y con balizas llevando el escritorio en el porta equipaje del auto. Estaba ansiosa, inquieta, quería llegar. Mi abuela estaba acelerada, como siempre y mi viejo con su mal humor natural. Ya era de noche y me dió pena saber que no podría verlo con luz de día.
Estacionamos y bajamos el escritorio. Todo parecía demorar más de lo normal. Insisto, estaba ansiosa. Cerrar el coche, abrir la puerta, esperar el ascensor, los segundos eran de chicle.
La cuadra me dio un poco de miedo. Ya estaba oscuro y a decir verdad mudarme sola, vivir sola, me daba miedo, pero me resultó bella, simple, casas bajas algunos duplex, bastante arbolada… El hall de entrada me pareció grande, limpio y moderno; había sido refaccionado recientemente.
Entramos al ascensor y marcamos el numero 3. Descubrí que solo había 8 pisos, vaya uno a saber por qué siempre supuse que eran más… Al bajar del ascensor y encontrarme en el pasillo no supe para donde ir, por lo que seguí los pasos de mi abuela. Ella tiene mejor memoria y había estado ahí esa misma tarde. Al final del pasillo una puerta de madera decorada únicamente con una E de metal se presentaba ante mi como la apertura a una nueva vida.
No se como expresar lo que sentí cuando la puerta se abrió. Me hubiera gustado estar sola para disfrutar de ese momento de silencio conmigo misma, pero mi árbol genealógico me acompañaba. Del departamento recordaba poco, hacía 2 años que no lo veía. Me pareció más grande que el de mi imagen mental y supuse (y estuve en lo cierto) que era muy luminoso. Si no hubiera sido por el olor a perro que había, la imagen hubiera sido perfecta. Eso me devolvió un poco a la realidad, cerre la puerta tras de mi y me dedique a inspeccionarlo.
Lo recorrí completo.
Que amplio es el living pero el piso es feo, no me gusta. Voy a necesitar muchos muebles para llenarlo. Vos decís que el futón que vimos ira bien acá? Hay que medir… Mmm falta pintura, pero bueno, ahora no tengo un mango. Si, pa, poné el escritorio en aquel rincón, qué se yo dónde va a quedar, después pienso. A ver el balcón... Uy que lindo, y mira pa, tengo vista al jardín, que hermosos árboles! Y la cocina, que chiquita! Bue, comparada con la de mamá cualquiera es chica, no? Ah pero tiene lavadero, no me acordaba, che que grande que es!!! Mirá el baño vieji. Es simple, pero tiene todo lo necesario. Con un vanitory y una linda cortina estoy hecha. Esta será mi habitación, bah, es la única que hay… Ah viene de esta alfombra el olor a perro, voy a tener que lavarla. Si abuela, algún día cambiaré todo el piso pero por ahora me conformo con lavarla. Así que tenían un perro viejito? Pobrecito. Yo también voy a tener uno… Tengo que medir a ver si el placard que vimos entra bien, ah vos mediste ya? Joya. Que buen ventanal, necesita cortinas hasta el piso. Blancas, abuela, en el cuarto todo blanco! Cómo, ya nos vamos? Un rato más… Vayan, yo me quedo. Uh bueno, bueno, ahí voy, pero dejame las llaves que mañana a primera hora estoy acá.
La situación era insostenible. No daba para más. No veía la hora de tener mi casa, de tener un lugar a donde quisiera llegar, a donde me gustara pasar el tiempo, rodeada de mis cosas y regida por mis reglas.
Ese lugar estaba. Existía. Me esperaba. O mejor dicho lo esperaba yo a él.
Con la venta de la quinta se había comprado un departamento de dos ambientes. Si, si, una casa con terreno en provincia equivale a un dos ambientes en zona sur de capital federal, tristísimo. Pero para cuando se realizó la transacción yo no contaba con los medios como para habitarlo, por lo que se alquiló.
Así lo vi alejarse dos años en el tiempo. Para ese entonces ya me incomodaba vivir con mi papá, pero él se ocupó que en ese tiempo mi malestar se acrecentara potencialmente mes a mes, día a día, hasta concluir que solo mi vieja lo banca aunque merece estar solo. Igual, debo decir, que a la distancia nada se ve tan grave y aprendí a quererlo nuevamente.
Durante ese tiempo me tuve que ocupar de convencer a mi viejo que me sirva de garante, de calmar el llanto de mi vieja causado por la ida de su única hija, manipular a mi abuela para que haga su parte con mi abuelo, pelear un precio bajo de alquiler y hacerles creer a todos cuan responsable y solvente era yo. Al menos lo suficiente como para vivir sola.
La parte más complicada fue convencer a mi abuelo, primero de que me alquile el depto y segundo del beneficio de un precio preferencial. Y cualquiera que me escuche (o me lea) dirá, que yegua, pobre viejo, un jubilado al que le reducen los ingresos por los caprichos de su nieta. Pero no es tan así.
Por un lado, mi departamento contrajo una pequeña deuda por gastos inmobiliarios que se pagó con gran parte de los alquileres, por lo que tampoco mientras estuvo alquilado pudo aumentar sus ingresos. Y por otro lado, el departamento es de mi viejo, heredado de sus padres en vida y siendo yo hija única, lo pongan como lo pongan, en definitiva es mío. Y si continúo con los motivos, para qué tener una propiedad si no podés ayudar a tu hija/nieta/familiar/loquesea?
Para enero del año pasado ya tenía el ok de todos, menos el del nono, pero de eso se encargaría mi abuela. Igual debía mantener todo bajo el manto de la discreción, ya que si mi tía (hermana de mi viejo) se enteraba pondría el grito en el cielo por más que ella nada tenía que ver con esta propiedad.
En teoría el contrato se vencía en julio, pero alquilarlo a una persona conocida nos obligo a ofrecerles quedarse el tiempo extra que deseen. Nunca me quejé y lo entendí plenamente, pero la fecha incierta hacía que mi maratón hacia la independencia tuviera una meta difusa.
Mientras tanto yo seguía averiguando precios de todo lo necesario para mi mudanza, pero estaba atada de pies y manos para la compra por la falta de lugar donde poner las cosas, básicamente.
Sólo me animé a comprar el escritorio para la computadora, ya que en la casa de mis viejos siempre había usado una mesa que en mi nuevo hogar serviría (y lo sigue haciendo) para comer. Como digo yo, es la mesa que está destinada a jamás cumplir su verdadera función: es una mesa de cocina, que sirvió de escritorio y ahora decora mi living.
Un fresco día de otoño me confirman que el escritorio estaba listo y podía pasar a buscarlo esa misma tarde. Negada a pagar un flete, le pedí a mi viejo que me lleve a buscarlo y que invente una forma de meterlo en el coche. Cuando estábamos en camino mi viejo me dice: - Sabés donde esta la abuela en este momento? - mmm no, dónde? - En la inmobiliaria… No terminó de decirme eso, cuando mi celular sonó. Era mi abuela: - Ya tengo la llave!
Con el auto en marcha nos dirigimos a la casa de mi abuela, se subió al coche y partimos los tres llave en mano hacia el departamento.
(...)
Este es el escritorio en cuestión, y el porta CD´s haciendo juego.
Me bajé de la cama y caminé en punta de pies entre la mezcla de brazos y piernas que había desparramados sobre los colchones. Estaba completamente colorada y evité las miradas de todos. Llegué al lugar donde debía recostarme y lo hice, mirando al techo.
Me dijo tu amigo que venga para acá. Uno de los chicos preguntó con muy poco tacto si yo le gustaba a Juan y él respondió que si. Después me pregunto a mi y me reí, afirmando. Entonces, dense un beso. Yo no paraba de reírme, de nervios por supuesto. Entonces Juan me mira, se incorpora dejando su cara sobre la mía todavía en la almohada y me dice: Empezamos? Y me besó.
Es fácil 10 años después decir que fue un comienzo espantoso, que no hizo nada por conquistarme y que no es forma de decirle a alguien que le querés dar un beso, pero más vergonzoso es reconocer que en ese entonces pensé exactamente lo mismo. No fue un buen beso, estaba incomoda, no me podía mover, él tenia el control completo del beso en cuanto a intensidad y duración. Los primeros besos con alguien raramente son buenos… Gracias a Dios después mejoran.
Era evidente que mucho más en esa casa no podíamos estar. Todavía era relativamente temprano, pero calculo que ya había pasado la medianoche. Teníamos que buscar la forma de irnos a dormir todos enfrente, los chicos y nosotras, que no teníamos permiso. No recuerdo como convencimos a mi abuela y cruzamos todos con los colchones a dormir en la otra casa (es una forma de decir, por ese entonces era un terreno con una pileta y una cancha) a merced de los mosquitos.
Ana se acostó cerca de su acosador, yo a lado de Juan y los demás desparramados por ahí, aunque estábamos todos juntos. No tengo la menor idea que habrán hecho lo demás. Solo recuerdo que con Juan pasamos la noche conversando y dándonos besos. Mirando las estrellas en ese cielo despejado de verano me señalo Marte. Nunca antes lo había visto. Me regaló ese planeta y tiempo después me escribió una canción sobre esa noche y nuestra estrella.
Supongo que en algún momento, bien entrada la madrugada, nos habremos dormido. Nos despertó el sol bien temprano y de a poco fuimos organizándonos para ir a desayunar a la verdadera casa. Comimos algo, nos pusimos la malla y toalla en mano volvimos a cruzar al paraíso.
El sol del nuevo día me trajo incertidumbre. No sabía si debía comportarme igual que la noche anterior o hacer de cuenta que no pasó nada y dejar los hechos escondidos en la oscuridad. Tenía que mantenerme suficientemente cerca como para que recordara mi existencia, pero a prudente distancia por si decidía ignorarme todo el día.
La incertidumbre duro poco. En cuanto volvimos a estar solos, y por solos me refiero a lejos de la vista de mi abuela, volvió a besarme con igual intensidad que horas atrás.
A Juan nunca le gustó el futbol y como había llevado la guitarra pasamos el día cantando canciones de Calamaro, nadando en la pileta y fumando colillas de cigarrillo, las mismas que habíamos regado por el suelo el día anterior sin darnos cuenta que se nos acababan los puchos y no había plata para comprar más. Y aunque la hubiera habido, en provincia un domingo a la mañana lo único que podes conseguir es pan y diarios, ni en pedo un kiosco.
Al bajar el sol emprendimos la retirada. Mi abuela, obstinada como siempre, quería volver en colectivo, pero con Ana esgrimimos muy bueno argumentos, se ve, porque la convencimos de hacerlo en tren. Con mi abuela delante había que cuidarse del contacto con Juan. Una persona mayor no entiende de besos sin compromiso entre adolescentes y más cuando una de las partes es su nieta de 15 años.
Durante el viaje en tren concluimos que algo había que inventar para decirle a mi abuela y dejarla contenta. Lo pensamos todo el viaje con Ana, pero no sabía como decírselo a Juan, no podía acercarme demasiado a el. Mi abuela sabía que conocía a varios de los chicos, pero en teoría Juan y yo no nos conocíamos. El mejor nexo de contacto era mi primo, pero como había plantado cara de culo al vernos llegar a la quinta y aun más cuando Juan y yo nos besamos, no era de ayuda. Todo lo contrario, corría el riesgo de que le diga cualquier cosa a mi abuela o lo que es peor, que le diga la verdad: No hay nada entre ellos, solo se dieron unos besos.
En constitución nos tomamos el bondi, y eso significaba que me quedaban 10 minutos para inventar algo con respecto a Juan. Se me ocurrió decir que éramos novios desde hace unos días y dentro de una semana o diez días decirle a mi abuela que nos habíamos peleado. Eso justificaba mi accionar ese fin de semana y aplacaba la moral de mi abuela. Ahora me tocaba avisarle a Juan de mi plan…
Juan me encantaba, pero debo reconocer que en ese momento estaba mas preocupada en quedar bien ante los ojos de la chusma de mi abuela que en procurar que lo nuestro con Juan durase algo más que un mísero fin de semana.
Me acerco a la parte del bondi donde estaba Juan y le digo: - Le voy a decir a la vieji que somos novios hace cosa de una semana para que no me de clases de moral y dentro de unos días le digo que nos peleamos, si? - Esta bien, pero vos querés? Y mi cabeza pensó “obvio que quiero hacer eso, te lo estoy diciendo” y respondí: - Sí, quiero - Y ahí entendí, me estaba preguntando si en verdad quería ser su novia. Pensá rápido, pensá rápido y respondí: - Ah, Nooooo… - Tarada!!! Cómo le vas a decir que no? - Eh… si, no, si, no se, vos querés? - Y si, por algo te lo estoy preguntando… - Ah, ok, quedamos así.
Y volví a mi lugar, donde estaba Ana y le dije: - Ana, tengo novio.
Siempre me consideré una persona con buena memoria, pero por las dudas cuando Ana vuelva de las vacaciones voy a hablar con ella para que me ayude a recordar algunos detalles. Ella tiene la cualidad de recordar mis peores cosas, pero también las más graciosas y ridículas. Obviamente que yo recuerdo las suyas.
Nosotras pasamos la vida juntas. Somos amigas desde el día en que nací, hace 25 años. Ella tenía 10 meses y por ese entonces nuestros padres, que eran conocidos, habían empezado a forjar la amistad que los une hasta el día de hoy.
En algún momento de nuestros juegos infantiles prometimos ser amigas toda la vida y amadrinar a nuestro primer hijo, que debería ser nena y nacer más o menos para la misma época. Hasta ahora cumplimos con la parte de la amistad, yo soy madrina de su primera y única hija Jazmín (que tienen 3 meses) y ella será la madrina de mi hijo/a el día que lo tenga, pero no creo que podamos cumplir con los tiempos. Para eso debería estar embarazada, oh! No, por Dios! Por ahora no…
Volviendo a la adolescencia, cuando estaba en segundo año me reencontré con una amiga que no veía hacia un tiempo. Empezamos a frecuentarnos y así conocí a su hermano: Juan. Un día llegué a su casa y estaba tomando sol en la reposera, y cuando me dirigía a saludarlo se levantó y se tiró a la pileta. Me ignoró. Y eso es lo peor que un hombre puede hacerme.
Me encantó desde el primer momento que lo vi, pero él no me registraba. Claro, qué tiene para mirar en una rubiecita petiza un morocho, alto, de ojos verdes tres años mayor?
Por esas cosas del destino resultó ser parte del grupo de amigos de mi primo. Para cuando llego el verano mis tíos estaban construyendo su casa quinta y aunque ésta estaba en veremos, la pileta y la cancha de futbol estaban terminadas. Como estaba frente a la otra casa quinta familiar no había inconvenientes para ir, se podía pasar el día en la pileta y luego ir a dormir a la otra casa.
Un viernes supe que la pileta estaba terminada y arregle con Ana para ir a pasar el fin de semana, sin saber que por su lado mi primo estaba organizando lo mismo con sus amigos. Mi primo siempre fue especial en cuanto a compartir momentos y amistades, básicamente un egoísta, pero como me enteré del detalle de su presencia tarde, me hice la tonta y fuimos igual.
Nos despertamos temprano y nos tomamos el tren hacia zona sur. Caminamos la cuadras que separan la estación de las casa y cuando llegamos ahí estaba él. En realidad estaban todos, pero a mi solo me importaba Juan.
Pasamos el día al sol en la pileta. Yo tratando de llamar la atención de Juan pero con mis recién cumplidos 15 años todavía no había aprendido cómo. Ana por su parte se tuvo que bancar el acoso de otro de los chicos, pero qué no hace una por una amiga?
Al caer el sol nosotras debíamos cruzar a dormir en la casa terminada, mientras que los chicos habían organizado pasar la noche bajo las estrellas. Éramos dos mujeres entre seis hombres. Convencimos fácilmente a cinco de ellos de dormir todos juntos enfrente, pero mi primo encaprichado oponía resistencia. A él lo convencieron sus amigos.
Después de comer sacamos la mesa y tiramos todos los colchones uno al lado del otro en el living. Pobre mi abuela… Ella intentaba dormir en uno de los cuartos, pero 8 adolescentes a una pared de distancia no la dejaban.
Y yo estaba ahí, acostada en la única cama con Ana, pensando que si esa noche no pasaba nada con Juan, mis intentos de seducción habrían fracasado rotundamente. Estaba a punto de desistir cuando el acosador de Ana se me acerca y me dice: No me dejás acostarme acá? La miro a Ana, que ya estaba entregada y a decir verdad un poco le gustaba el flaco, y me dice que si. Cuando me estoy bajando, el flaco remata: Vos acostate allá, al lado de Juan…
A mi abuela se le acabaron las ganas. Lo dice ella, está cansada. Ella también tiene sus años y con mi papá tenemos miedo que se termine enfermando, por lo que de vez en cuando amenazamos al viejo con que si a mi abuela le pasa algo lo metemos en un geriátrico.
Por lo años a cuestas y la situación las malas características de su personalidad se acentuaron. En honor a la verdad, debo decir que es muy criticona. En especial conmigo. Y con su nuera, mi mamá, también.
Mi vieja es una santa que le banca todo. Hace más de 25 años que mi vieja tiene otra madre, una que la trata y acompaña de una forma que su madre biológica nunca supo hacer. Ellas se adoran.
Pero como decía, mi abuela critica todo. No es una persona negativa, pero sus frases empiezan siempre con un NO. No te escucha, no te deja hablar, no le gusta que la contradigan. Cuando algo no le gusta, o sea, el 95% de las cosas, lanza una onomatopeya que consta de una eme sostenida. Un largo mmmmm con gesto de asco. Debo decir que es bastante molesto, aunque yo también lo haga…
Esta abuela tan peculiar tiene también la particularidad de hacer comparaciones odiosas.
Para ella todo lo que le pase a cualquier ser humano que no sean mis viejos o yo está perfecto, es genial y único.
¿Sabias que fulanito, el nieto de mi amiga Chola, se recibió con honores de Sarlanga y está trabajando de jefe de sarlangas en Quecarajomeimporta S.A.?
(Ah si? Mirá vos que bueno… Yo en cambio soy una inepta, que terminé de carrera porque los planetas se alinearon pero no me recibí todavía así que soy “nadie” y mi laburo es un desastre, pero porque no doy para más, obviamente.)
Y todo lo que se refiera a mis tíos y/o primos es por decantación mejor que lo mío.
No sabes el departamento que se compro tu tío… Herrrmoso, el living es el doble que el tuyo.
(Claro, no vaya a ser cosa que sea la mitad… A parte eventualmente será para alguno de mis primos y ellos no pueden terminar en un hogar más pequeño que el mío bajo ningún punto de vista!)
Estos comentarios me molestan sobremanera y me traumaron durante mucho tiempo. Sentía que nada de lo que yo pudiera hacer llegaría a satisfacerla al punto de sentir orgullo por mi. Pero me equivocaba.
Por esas vueltas de la vida terminé escuchando más de una vez de boca de sus amigas cómo ella hablaba de mi, de lo bien que me iba en la carrera, de mis esfuerzos por estudiar y trabajar a la par, de la mala suerte que siempre he tenido a nivel laboral pero que aun así era una buena hija que ayudaba a sus padres económicamente, que nunca les llevé un disgusto, que tenía lindas amistades. Hablaba con orgullo de lo linda que soy, flaquita y chiquita, un clon de ella en su juventud. También contó con alegría cuando me independicé de mis padres y mi reciente adquisición, mi primer autito.
Ella es tres personas en una. Cuando esta sin mi, cuando estamos juntas y hay más personas y cuando estamos solas. La primera habla de mi con orgullo y satisfacción, la segunda es criticona y desgastante y a la tercera la amo por sobre todas las cosas, porque es además de mi abuela, mi amiga y compañera.
El tema es que la visión que tienen los que me acompañan en el camino de la vida es de la segunda, entonces cuesta entender que le banque todo. Charly no comprende cómo la dejo meterse “tanto” en mi vida, como discutimos y aun así la sigo llamando y le permito opinar. Él asume que lo hago porque debo sentir algún tipo de deuda con respecto al departamento (que es en cierta forma suyo) pero no pasa por ahí, ni por sus atenciones, ni nada relacionado a lo económico. La deuda que yo siento con ella es por la forma en la que me crió, cómo me acompañó siempre, cómo estuvo cada vez que la necesité. Ella no enseñó con palabras, sino con actos. Detesto cuando la gente me dice que soy igual a mi viejo, eso es mentira, soy una combinación de las dos mujeres más hermosas del mundo: mi abuela y mi vieja. Las cosas malas que tengo las habré sacado de otro lado…
Cambió pañales, dio mamaderas, hizo comidas, enseñó a viajar en colectivo, me llevó de compras, de paseo, de vacaciones, me apoyó en todos los momentos difíciles de mi vida, escuchó llantos, reproches, injusticias.
Hoy la que pasa un mal momento es ella. Cómo no estar a su lado? Cómo no apoyarla? Cómo no ajustarme a sus caprichos? No podría, ni ahora ni nunca, darle la espalda a esa mujer que caminaba adelante para guiarme, a mi lado para acompañarme y atrás para sostenerme. No por deuda, sino por amor.
Que los años no pasen tan rápido, por favor, no se que haría sin ella...
La relación que tenemos no se compara con las típicas relaciones abuela-nieta.
Ella es una persona que siempre fue muy activa, siempre corriendo de acá para allá, siempre dispuesta a ayudar en lo que le pidan (y en lo que no también) y acompañar en todo momento.
Es una viejita moderna pero no ridícula. No se maquilla ni va a la peluquería, lleva sus canas con cierto orgullo y más de una vez le han preguntado dónde se hacia esos reflejos tan copados. Usa joggings, remeras de algodón, camperitas, zapatillas, alpargatas (de las lindas, obvio) para el día. Y cuando sale, polleras de modal (algunas fueron mías), remeras con estampados y chatitas.
Cuando sus hijos, que son mi papá y mi tía, se casaron ella dijo que le cuidaba una criatura a cada uno. Lo que no se imaginó es que nacerían con 10 meses de diferencia. Pobre vieja… Ella nos crió a mi primo y a mi.
Crecí en compañía de esta hermosa mujer que siempre me trató con amor a pesar de no ser muy demostrativa, y me hablaba de igual a igual sin importar mi edad. Con ella aprendí a putear (dije putear, no insultar) y a hacerme adicta a las novelas y programas de chimentos.
Heredé de ella el placer de sentarme en un bar a tomar algo con un tostado. También la necesidad de consumir, salir a mirar vidrieras y volver sí o sí con alguna bolsita. Y la cualidad de hablar hasta por lo codos, incluso estando sola.
Me dio siempre todos los gustos. Cada mes, con la jubilación de mi abuelo, íbamos a la juguetería y me compraba una Barbie. Y cuando fui más grande (aunque no tanto) cambié la elección por ropa. Siempre ropa.
Es, hasta el día de hoy, la que me dice que gaste, que me de gustos, que vaya a comer afuera, que me compre cosas, que no llore sobre la leche derramada, que no ahorre en comida. Ella siempre ahorra por mi. Le va sacando plata al amarrete de mi abuelo de a poco y cada tanto me dice: Tengo tanto para gastar, que querés?
Siempre fuimos muy compañeras. Yo soy, por genética y por costumbre, igual a ella. No soy una persona independiente, ella tampoco. Así que a cada lugar que teníamos que ir, así fuera a comprar pan, lo hacíamos juntas.
Soy su confidente, me cuenta cosas que no le dice a nadie, sobre cómo se siente por la situación de mi abuelo, qué opina de mis padres, de mis tíos, de mis primos. No me cuenta sus penas con llanto, sino como una situación por la que le toca pasar, y eso me hace admirarla cada día más. Es una mujer que no se cae. O al menos no se caía.
Hace varios años que mi abuelo está enfermo. Su problema no es una novedad, pero con el tiempo y los años se fue agravando. Tiene EPOC, en criollo: respira con el 15% de los pulmones, culpa de haber fumado durante años plus un laburito en el subte post jubilación.
Hoy por hoy depende 100% de mi abuela. Para comer, para acostarse y levantarse, para bañarse y hasta para caminar. Mientras él estaba medianamente bien mi abuela seguía haciendo su vida normal pero ya no es lo mismo. Tiene miedo y culpa de dejarlo solo y yo entiendo todo, pero esta situación la está consumiendo.
Se siente presa de su casa y de su marido y sabe que para retomar su libertad mi abuelo debe morir. Ella siente culpa por ansiar su libertad porque sabe lo que implica. Cuando uno, con corta edad, se pregunta si existe el amor para toda la vida basta con mirar el amor de esta mujer por su marido. Lo ama tanto que sufre a la par. Tanto, que dejó su vida de lado por acompañarlo en todo momento.
Hasta ahí un gesto hermoso, pero del otro lado no hay más que egoísmo. Pobre mi abuelo, yo lo quiero con toda mi alma, pero nunca se hizo querer. Es un buen tipo, conducta intachable, derecho y honesto, pero amarrete, poco cariñoso y egoísta al extremo. Si mi abuela dejó de lado su vida fue por culpa, pero esa culpa no vino sola, se la hizo sentir él, tanto tanto que la cansó y se instaló a su lado a servirlo.
Si me remonto a mi infancia recuerdo claramente dos cosas que les pedía a mis padres: un perro y un hermano. En un momento llegué a pedirles que elijan, o uno u otro. Siempre se negaron.
Si, soy hija única, niña consentida de papá y compañera de mamá. Pero hoy me voy a explayar en el tema canino.
Desde que tengo memoria que siento un amor incondicional por los perros. Tanto que antes odiaba a los gatos, porque nunca fui un persona con grises. Hoy no los odio, pero definitivamente me quedo con los perros.
Casa donde iba y había perros me tenía ahí, en el piso, jugando con ellos y en seguida venía la repetida petición, siempre con una negativa como respuesta.
Mi abuela paterna tenía a la perrita que había sido de mi padre en su adolescencia. Para cuando yo vine al mundo ya era viejita, pero cómo la amaba y cómo lloré cuando me dijeron que había muerto. Hace poco supe que estaba enferma, es verdad, pero que la sacrificaron antes de tiempo porque para mi abuelo ya era un problema y mi abuela no tuvo opción. Ese día volví a llorar por Carolina…
Mi mamá se crío con perros toda la vida, los tuvo de todas las razas. Yo recuerdo a dos hembras negras, una belga y una doberman, que me dejaban hacerle cualquier cosa cuando visitaba a mis abuelos.
Cuando tenía diez años, para una navidad, recibí de parte de mis tíos y abuelos maternos una hermosa caja con un moño rojo. Recuerdo que me dijeron “agarrala bien, cuidado que se rompe”. Sentí el peso de esa caja en mis manos sin la menor idea de lo que pudiera contener. Quite el moño y al abrirla vi una pulguita negra y marrón que llorisqueaba. Era una perrita pequines de 40 días y fue amor a primera vista.
Para mi se detuvo el mundo. Era el mejor regalo que me pudieran haber hecho, era un perrito, lo que tanto había ansiado, sería mi compañera, dormiría conmigo, la llenaría de mimos y un montón de promesas que hice para mis adentros mientras la besaba y acariciaba. Me dijeron que le ponga un nombre, y sin pensarlo dos veces dije Reina, como en “La Dama y El Vagabundo” quien también había sido un regalo navideño en una caja con moño…
El idilio duro muy poco. Minutos.
Mi viejo dijo “ese perro a mi casa no entra”.
Pensé que su reacción era por la raza. Sabía que a mi papá no le gustaban mucho los pequineses. A mi tampoco en realidad, pero ya eso no importaba, ya me había enamorado.
Imploré que recapacitara de su decisión como poca veces. Prometí todo con tal de que Reina sea parte de mi vida. Su respuesta seguía siendo No. Creo que esa noche lloré más lágrimas de las que pensé que tenía. Cómo la navidad perfecta se transformo en la peor de mi vida? Y mientras yo lloraba y odiaba a mi padre, él se entretenía puteándose con mis tíos y abuelos por el regalo no autorizado.
Acá hago un paréntesis. Creo que un perro no es un regalo para hacer sin consultar. Creo que ningún niño debería crecer sin perros, en especial cuando los pide. Creo que cuando las cosas ya están hechas no se pueden deshacer tan fácilmente y romper así el corazón de un niño. Creo también que mi papá es una persona especial, que me trauma en muchos planos, y como es evidente, desde muy pequeña.
Obviamente me fui sin Reina y con el alma aguada. Ella se quedo con mis tíos, que la trataron siempre como a una reina, pero la llamaban Canela.
Los años pasaron y yo seguía reclamando un perro a mis padres, pero cuidándome bien de no recordarles el episodio con la pequinesa porque hubiera despertado la sensible ira de mi viejo.
No se en qué punto me resigné y empecé a pensar que cuando tuviera mi propia casa definitivamente tendría un perro. Y cómo me habrá marcado la infancia Reina y “La Dama y El Vagabundo” que siempre quise una cocker, dorada y hembra.
En mayo de este año mi nuevo hogar me abrió las puertas, no solo de mi nueva residencia, sino de un lugar donde rigieran mis reglas.
Durante meses (incluso antes de mi mudanza) busque por internet a la perrita que yo quería, pero se hizo difícil, porque la gente cruza mal a los animales y nacen cachorros con manchas donde no corresponden.
En esa época yo estaba fuera de casa todo el día y por primera vez comprendí (en parte) el motivo de la negativa de mis padres. Cómo encargarse de un perro, en especial cuando es cachorro, si no estás en todo el día?
Tres meses después llego mi despido y el concubinato ya era oficial. Charla de por medio, decidimos tener un perrito. Mi condición fue hembra, pero con la raza no hubo acuerdo, así que orientamos la búsqueda a un perro sin raza.
Una noche quedé en cenar con una amiga que no veía desde hacia un tiempo. Vino a casa y pizza va, cerveza viene me cuenta que sus perros se cruzaron sin querer y que tenía 8 cachorros de 35 días para regalar.
Creo que se me transformó la cara. Quise en una sola y trabada frase decirle que había estado buscando cachorros, que queríamos hembra, que no nos importaba que fuera una cruza y que me cuente ya como eran esos bebés, porque si o si uno seria mío.
Me contó que habían nacido cuatro hembras y la misma cantidad de machos, y que tenía disponible 3 hembras negras, dos iguales y una con el pecho blanco, ya que los demás estaban prometidos. Me ofreció ir en ese mismo momento a verlos y casi acepto, pero en un instante de lucidez entendí que sería mejor esperar a mi novio para decidir juntos.
Al otro día al mediodía fuimos. Había dejado a las tres hembras sueltas y apartó a los demás para que no nos confundiéramos. Una de ellas se escondió detrás del futón y no salió hasta que nos fuimos. Otra no nos dio bolilla y se durmió enseguida. La tercera, la del pecho blanco, fue la que nos vino buscar a la puerta y nos llenó de besos. Pasaba de mis brazos a los de mi novio pidiendo mimos y nos compró.
Así fue como Mía nos eligió a nosotros, y no al revés. Cuando dijimos “es ella” lloré. Pero esta vez de alegría. No podía creer haberla esperado toda la vida. Sólo quien ame a estos bichitos como yo me entiende.
Es cierto que no es fácil educar a un cachorro y que toma tiempo y dinero encargarse de un perro. Es verdad que hay veces que me dan ganas de matarla y la amenazo con publicar en Facebook su adopción. Pero llena mis días de alegría, pide mimos todo el tiempo, es super compañera, no me deja sola nunca, me recibe con besos y abrazos (si, abrazos) y mueve la cola cuando le hablo con cariño.
Su nombre ya estaba elegido de antemano, pero a mi novio y a mi amiga no les gustaba. Les dije que lo iba a pensar… Mientras tanto, mi amiga ponía en una bolsita algo de alimento, un huesito y la correa que había sido de su madre. Cuando me da la bolsa leo impresa en ella “Perfumería MIA”. Estaba predestinado. Ese era su nombre, porque las casualidades no existen.
Esta es la historia de cómo me convertí en mamá, de cuánto esperé a Mía y de lo mucho que la amo, mejor dicho, que la amamos, porque es Mía, aunque es nuestra.
Los traumas, al menos a mi, me generan ciertos interrogantes...
Como ser: • Ponerme lolas o luchar por conseguir corpiño talle -10? • Electrodos en el culo o asumir la celulitis? • Aprender a tratar a mi familia o cambiar el número de teléfono? • Aceptar a mi principe desteñido o buscar uno azul? • Tener hijos algún día o conservar la cintura? • Hacer lo que me gusta o aprender a hacer algo que de plata? • Subirme a los tacos o conseguir un novio petiso?