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martes, 8 de febrero de 2011

Mi dulce memé

Estoy sentada en mi escritorio laboral y el estómago me recuerda que necesita su primera ración solida del día. Suelo maldecir por olvidarme de comprar algún comestible. Y también maldigo a mis compañeros metrosexuales que ayunan todo el día para luego matarse en el gym, mientras yo suplico por media docena de facturas. Nunca me olvido de maldecir el lugar geográfico de mi oficina. Estimo que el negocio más cercano (de cualquier tipo, no discrimino, puede ser desde un almacén hasta una ferretería) debe quedar a unas 8 cuadras de distancia. Ergo, cuando hay hambre, no queda más opción que comerse las uñas o aguantarse.

Pero no! Reviso mi cartera y descubro que a las 7:45 am no estaba tan dormida como pensaba y atiné a revolearle algo adentro. Un Memé. Una delicia que suele ser bastante económica en las panaderías, pero no tanto si se adquiere en el sector gourmet de Disco.

Un memé no es más que una tortita de coco con membrillo. No me gusta mucho ni el membrillo ni el coco, pero el memé si. Es la combinación perfecta de dos medios gustos que da como resultado un manjar para el paladar y otro para el alma.
Mi infancia está regida por los sentidos. Y el olfato es mi sentido más desarrollado. Tres gustos/olores tienen la capacidad de transportarme al instante a una época en que no existe la posibilidad de tener memoria. Al menos eso dicen los facultativos. Yo les digo que es mentira.

La leche tibia con esencia de vainilla les puedo jurar que me recuerda al abrazo de mi madre, a la succión de la mamadera, al placer de algo rico y tibio en mi boca. Me adormece, me da paz. Según mi madre, recurría a este recurso de mamadera con azúcar, esencia de vainilla y crema de leche porque no había forma de que la tomase pura. Dice también que dejé la mamadera a los 18 meses. Habrá que creerle…

La primavera hacer florecer todo, el aire se llena de nuevos olores y colores. En esos momentos, mi nariz puede descubrir en un radio de 300 metros un Jacarandá. Su aroma, su color, la temperatura del aire alrededor, el suelo sembrado de sus flores. Y de repente me veo a mi misma, con menos de 4 años, sentada en el umbral de aquella casa, juntando sus flores y jugando con Caro. Esa cuadra desértica, ese árbol en la puerta, solo para mi. Caro a mi lado, pero con la calma que los años le obligaron a tomar, con dolores crónicos en sus patitas que algunos malvivientes le supieron regalar. Ella igual se acerca, pausada, y me brinda su amor. Si ella supiera que todo el amor que plantó en mi, hace ya tiempo que germinó.


El tercer y último ticket para el viaje en el tiempo se lo lleva el memé. Que tomó ese nombre de mi inventiva, cuando resultaba imposible pronunciar torta de coco. Lo apodé Memé, y hasta el día de hoy en mi familia lo llamamos así. Son mis meriendas con mi abuela, después de la siesta. “Te compre un meme” me decía. Y de vez en cuando, si puede, va a la panadería y al volver repite esa frase. Y ahora meriendo con mate, pero al lado de ella, charlando y compartiendo un memé.

Y vuelvo a ser niña, otra vez. O acaso alguna vez dejé de serlo?

jueves, 6 de enero de 2011

Zapatitos, agua y pasto

Durante mi infancia, para esta fecha, mi papá me llevaba al parque a buscar pasto. Mi mamá disponía de un par de tuppers donde colocar dicho yuyo, con su respectiva agua y yo insistía en dejarles galletitas de postre.


Mis padres siempre tendieron a inculcarme más la creencia de los Reyes Magos que la de Papá Noel. Cuando al crecer les pregunté los motivos me explicaron que los Reyes Magos sí existieron, y sí les llevaron regalos a Jesús al nacer. Santa Claus, en cambio, era pura invención. Entonces, “la mentirita” de los regalos les parecía, y concuerdo, más sutil.


Los 5 de enero, al caer la noche, procuraba dejar bien a la vista los alimentos, si, pero aún más mis absolutamente todos pares de zapatos. No quedaba ni uno dentro del placard. Como si a más cantidad de zapatitos más cantidad (o mejor calidad) de regalos.


Mis viejos, que se levantaban a oscuras en medio de la noche para depositar los paquetes, me han confesado que solían tropezarse con mis zapatos regados por el living. Debían guardarse los insultos para sus adentros.

Yo creo que ampliaron el departamento y me concedieron una habitación cuando se cansaron de cosas como esta…


Un día como hoy, 20 años atrás, recibía mi primera bicicleta. Esa rosa y negra, con la cara de Minie Mouse en el frente. Esa tres rodados más grande que solo podía usar con rueditas. Esa que recién 3 o 4 años después, cuando me quedó oficialmente chica, pude usar para aprender lo que dicen que nunca se olvida.



Feliz día de Reyes para todos. Espero que les hayan traído lindos regalitos.

Yo dejé agua y pastito, pero Mía se levantó de madrugada con sed y el pasto lo usó para purgarse. Creo que debe ser por eso que no me dejaron nada. Y estoy analizando si el regalito del balcón es la purga de Mía o la venganza del camello…

jueves, 12 de agosto de 2010

Muy así...

En esos días, sensible al extremo, todo me toca hondo.

Llamadas frecuentes y besos por celular. Abrazos eternos cuando llega a casa. Se me acelera el corazón de tanto que lo amo. Quiero hacerle un mimo a su alma, medio escurrida por una mala nueva. Lo consuelo diciendo que ahora está mejor. Llego a la conclusión que no creo en un dios que nos separe, y si hay vida eterna, la habrá también con ella. Zusi bella, en un cielo de pastos verdes y nubes con forma de botellas para mordisquear.

También me tira el cordón umbilical, y estoy pendiente de ella. Hubiera dado un brazo para que no sufra. Me angustia imaginar como sería mi vida si ella ese día se hubiera ido. Trato de pensar en otra cosa porque el nudo en la traquea no me deja respirar.

Hay noticias que me roban sonrisas, como la de Lina. Reuniones programadas que dan motivo al día. Cruzada de dedos con fuerza, hasta el calambre, para que Mía no destroce (de nuevo) la casa. Y un estreno, mi lavarropas.

Yo creo que me faltan los ruleros.
Ahí si, que pañuelo en mano, me siento a ver la novela de la tarde...

jueves, 3 de junio de 2010

Diez años después

Un día como ayer, hace 10 años, el barba y el colorado se echaban culpas.
Discutieron sobre quién había sido el responsable, sobre los por qué y sobre el resultado.
El del tridente dijo que no pudo cumplir su cometido al instante, pero que en pocas horas se saldría con la suya.
El barba le respondió que el tiempo, que esas mismas horas, estaban a su favor. Le dijo también que él nunca ganaría, porque si ella se iba se iría al cielo.
El otro retrucó mencionando todos sus defectos merecedores del infierno.
Entonces Dios se rió un largo rato y luego le contó de todas sus virtudes. Las puso en la balanza y pesaron más.
- Si se va se viene conmigo.
- Entonces que se quede - dijo el diablo.
Y Dios asintió. Y cambió los resultados médicos, los pronósticos, las esperanzas. Ella mejoró y todavía está conmigo. Diez años después.

lunes, 31 de mayo de 2010

Cómo eludí mi bajón dominguero

En este fin de semana extrañamente corto y encima medio lluvioso (medio porque llovió la mitad del finde, je!) me pintó el bajón dominguero que hacía rato no aparecía. Pero de rebelde nomás vino a hacerse presente el sábado. [Y claro, la piba se encerró a comer y dormir, así cualquiera se bajonea]

Para contrarrestar semejante depre, el domingo por la tarde (considerando que si el sábado fui una morsa llorona, cuanto más sería el domingo al atardecer), me fui con mi vieja de shopping. Entendamos el término shopping como irse de compras ya que detesto soberanamente los centros comerciales. Lugares cerrados, llenos de gente, plagados de infantes ajenos y donde para colmo de males no se puede fumar. Eso para mi no es paseo. Y ni hablar de los precios…

Decía, me fui de compras. Pero esta vez lo que quise vestir fue mi casa.
Así que tarjeta CMR en mano, la hice mierda en Falabella Home.

Ya se que Falabella es una especie de shopping, pero la previa caminando por Florida, viendo como los puesteros intentan violar las billeteras de los turistas plagadas de dólares y paseando por una peatonal con música en vivo para mi es un placer.

Y ahí estaba yo, con mi progenitora a diestra (y a veces a siniestra), queriendo comprarme todo. Pero como todo no se puede, me traje un hermoso plumón de dos plazas, con almohadoncitos haciendo juego, y de paso cañazo cambié las almohadas también. Y de souvenir nomás sumé a la canastita unos ganchitos para la cortina del baño (que desde que lo redecoré los anteriores no me combinaban mucho que digamos).

Llegué a casa, feliz, como toda mujer cuando viene cargada de bolsas y los sueños consumistas hechos realidad!

Por supuesto que un día tan maravilloso no podía terminarlo encerrada en la cocina, así que Charly pidió una grande de muzza, y ni siquiera lavé los platos!

Qué se le va a hacer? Soy un ser consumista, pero que bien dormimos anoche sumergidos entre las plumitas…

martes, 11 de mayo de 2010

Home sweet home IV

(…)

Siempre me pasa que de los momentos más determinantes de mi vida recuerdo poco. Es como si lo que pasara ese o esos días se borrara fácilmente con el tiempo. Con poco tiempo… Me pasó con mi cumpleaños de 15, con lo acontecido el día del accidente de mi vieja (otro capítulo de mi vida del cual aun no me animo a hablar) y por supuesto con el día de mi mudanza.

Recuerdo los últimos mates de desayuno con mi vieja, ultimando detalles y cerrando cajas mientras esperaba a las chicas. Isa llego puntual, pero Lina estaba un poco retrasada. Con un mensaje se disculpó y dijo que iría directo al departamento.

Mis viejos, Isa y yo cargamos todos los bártulos que cupieron en el auto y partimos. Hicimos dos viajes y para cuando teníamos todo acá llegaron Lina y Charly, el segundo con una mala noticia: le habían robado la moto.

En el momento repartí puteadas a los 4 vientos, por el robo en si y por esa maldita noticia que cagaba mi día, pero Charly me dijo que no me preocupe y a fin de cuentas soy de las que creen que todo pasa por algo. Pensé que si robaron la moto fue porque era preferible no tenerla a lamentar algún accidente. Charly cree que es un pensamiento conformista, pero soy una persona de fe y así lo siento.

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El depto estaba lleno de cajas y con las chicas nos pusimos a vaciarlas y encontrarle un lugar a cada objeto. Ordenar lo mejor posible nos tomó toda la mañana, luego comimos unas pizzetas, limpiamos puertas, vidrios, pisos, alfombra. Charly mientras tanto se encargaba de enchufar la tele, conectar el home a la tele, conectar la compu con el monitor, y demás etcéteras masculinas.

A primera hora de la tarde dábamos por terminado el laburo grueso y las chicas se fueron, extenuadas. Nosotros nos dormimos una siesta con el sol que entraba por la ventana del cuarto. Estábamos tan cansados que no nos dieron las fuerzas para estrenar el sommier. Al menos en ese momento…

Cuando nos despertamos estaba cayendo el sol. Di unas vueltas por mi nueva casa reconociendo los espacios a penas ocupados, con pocos muebles, tan vacío, tan nuevo. Vía paredes e imaginaba colores. Blanco, quiero pintar de blanco. Tomaba medidas para los muebles que algún día tendría. Chary quiere un futón, pero yo prefiero un sillón blanco… Armé y desarmé mentalmente mis cubos de colores buscando formas prácticas en donde poner mis cosas, y decidí de que color repintarlos. Miré el ventanal del living imaginando cortinas y vi un poco más allá. Salí al balcón y me quedé mirando ese cielo que escondía de a poco al sol, pintado de violeta, rojo, naranja y amarillo y que me daba la bienvenida a mi nueva vida. Y me sentí feliz, de verdad…







Out of record:
Al otro día tuvimos que comprar una agujereadora porque mi padre nunca encontró la suya, para que Charly me coloque la alacena y haga varios agujeros por toda la casa. Tuve que pasar por lo de mis viejos a buscar algo para cambiarme, ya que a falta de placard no había mudado mi ropa. Después metí todo en 3 sabanas y lleve la ropa, prefería buscar entre ropa arrugada a volver a tener que ponerme la misma ropa usada el día anterior. El lunes la gente retomó su vida normal, pero yo seguía limpiando y acomodando cosas. Cuando llegó mi placard empezó el verdadero trabajo de meter semejante cantidad de ropa dentro suyo. Por suerte, cerca del mediodía, Cablevisión se dignó a aparecer, instalándome cable e internet, y pude por fin tirarme en la cama a comer porquerías y mirar la tele.
Con el tiempo mi casa fue tomando un poco más de forma. Mandamos a hacer cortinas, conseguimos una segunda tele, amoblamos del todo el cuarto y compramos un futón (si, ganó Charly, y si, todavía estoy a las puteadas). Recientemente compramos un juego de comedor y esta semana cambiaremos la alfombra del cuarto. Todo a pulmón, llorando los últimos 25 días del mes, pero se puede, se consigue. Cuesta? Eso seguro, porque la tarjeta de crédito no tiene cuotas de zapatos y carteras como solía tener, sino el aire acondicionado, la aspiradora y la compra del super. Pero créanme, una vez superado los primeros dos meses frustrados por no poder comprar ni una bombacha, la visión se aclara y vale la pena.

miércoles, 7 de abril de 2010

My kitchen phobia

Si hay algo que me gusta hacer es cocinar.

De todas las actividades hogareñas es la que más disfruto. Me encanta hacerlo con una copa de vino cerca, con música de fondo que me haga bailar mientras pico cebolla, o con la tele de fondo. Sueño con esas cocinas enormes, con hornos grandes, mucha mesada y la alacena llena de mini-electrodomésticos, un ventanal enorme que de preferencia de a un jardín. Y si de pedir se trata, sería ideal que el jardín cuente con pileta. Me imagino batiendo huevos, con la brisa de afuera entrando por las ventanas, moviendo las cortinas y haciendo contraste con el calor del horno. Si hago un poco de fuerza puedo ver a Mía corriendo en el pasto, persiguiendo pajaritos.

Me gusta cocinar todo tipo de cosas. Cuando vivía con mis viejos solo tenía vía libre para expresarme con los postres, ya que mi mama es un poco celosa de su espacio y a mi viejo no le gustan los inventos cuando de comida se trata.
Una vez en mi nuevo hogar, los postres quedaron para ocasiones muy especiales, y las comidas gourmet le tuvieron que hacer un lugarcito a las básicas preparaciones frezzables: milaneses, empanadas, tuco, etc.

Por un tiempo la cocina me desilusionó. Me fastidiaba mucho pasar tanto tiempo limpiando un pecceto para milanesas que después solo servirían para salir del paso, empezó a darme asco tocar la carne cruda (todavía me da) y lo peor: todo me salía mal. Comida con mucho condimento o sin gusto a nada, algunas cosas medio crudas y otras demasiado tostadas, porciones exageradas o aptas para un obeso en recuperación.

Siguiendo los consejos de mi amiga Lina, volví a los sabores básicos, a condimentar poco, a preparar platos simples. De a poco, fui incluyendo algunos condimentos, sacando otros, mezclando sabores y de esa forma encontré (y sigo encontrando) las combinaciones que más nos gustan a Charly y a mi. La cocina y yo nos amigamos.

Pero hay algo de lo que no puedo escapar, que no puedo evitar. Algo a lo que le presto especial atención y dedicación y sin embargo me sigue pasando. Cada vez que viene alguien a comer a casa yo quemo la comida. Paso horas encerrada preparando algo especial para homenajear a mis invitados y cuando lo llevo a la mesa parece que pase la tarde depilándome o viendo a Rial mientras dejaba la comida carbonizarse en el horno. Me desarmo en disculpas y excusas, que por lo general son bien recibidas y me insisten en que no me preocupe, pero yo se que para sus adentros piensan que soy una inepta. Y tienen razón!

En fin, creo que voy a empezar a pedir una grande de muzza cada vez que venga gente porque le estoy descubriendo un montón de beneficios: puedo efectivamente pasar la tarde depilándome, no me mato cocinando como una esclava y por ende no me canso, puedo hasta dormir una pequeña siesta, si la comida no les gusta no me hago problema ni me siento culpable porque no la hice yo. Y sobre todo, cuando el chico del delivery toque timbre mis comensales se verán obligados a abonar la mitad. El negocio es redondo. Yo pongo la birra, vos traete el postre que "El Globito" nos alimenta.

De esta forma, dejo mis inventos culinarios para la intimidad, para deleitar a Charly y luego obligarlo a lavar los platos y para, por qué no?, cocinar en bombacha el día que se decida a regalarme ese delantal que tanto le pido. Y de ser posible, combinarlo con el gorrito.

lunes, 1 de marzo de 2010

Una de cal, una de arena

Hace rato que no posteo un poco por vaga y un mucho porque han sucedido varias cosas merecedoras de mi descargo y no se por cuál empezar.

Pero vamos a nivelar un poco el universo, con una de cal y una de arena.

Me chocaron el coche.
Mía ya no duerme más en mi cama.


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Ambas cosas fueron efecto de nuestra decisión de irnos unos días a la costa:

Salimos con lluvia torrencial que nos impidió llegar más lejos que a Caballito, que nos hizo desviar y nos cruzó en el camino con el señor desdentado dueño de la F100 que lastimó a Tito, y nos obligó a volver al hogar y emprender viaje al día siguiente.

De ésta misma decisión se decantó dejar a Mía con mis viejos, a quienes aparentemente obedece más que a nosotros y supieron quitarle la costumbre de dormir en la cama.

miércoles, 20 de enero de 2010

Los Hombres de mi Historia: Juan, mi primer amor (III)

Si en ese momento me hubieran dicho que iba a pasar casi 5 años al lado de ese hombre hubiera salido corriendo despavorida por Avenida Caseros a estrolarme contra el primer bondi que pasara. Pero no fue así, las cosas no son así. Nadie te avisa por las cosas que vas a pasar, simplemente porque el destino no se conoce. Dice la mitología que el Cíclope, ser con un solo ojo, vivía malhumorado porque con ese único ojo podía ver su futuro y la angustia del porvenir era tan grande que no lo dejaba ser feliz en el presente. Entonces la vida es sabia y la clarividencia no existe, porque uno forja su propio destino y la incertidumbre es la que nos permite hacer planes sin certezas y disfrutar el presente.


Amé mucho a Juan. Pasamos por muchas cosas juntos, individualmente y como pareja. Crecimos estando juntos, pero no a la par y eso aniquila. Creo que llegó un momento en que estábamos juntos más por costumbre que por amor, entonces ahí es cuestión que alguno se anime a dar un paso al costado, a ver más allá y a buscar nuevos rumbos.


El primer año de relación fue difícil. Juan era muy absorbente y yo siempre fui bastante poco demostrativa. Cuando nos pusimos de novios era pleno verano y lo tenía encima mío dándome besos y caricias y a mi eso me asfixiaba. Él me reclamaba que no le decía que lo quería, que nunca lo besaba lo suficiente. Me costó horrores abrirme a esa relación, no por él, que era un sol, sino porque era todo muy nuevo para mi y no sabía cómo actuar.


Los meses fueron pasando y las cosas entre nosotros se fueron acomodando. Mis salidas con amigas eran limitadas, pero a medida que mis padres le tomaron confianza me fueron dejando hacer otro tipo de salidas, que básicamente significaban volver más tarde. Siempre y cuando fuera con Juan.


Seguimos saliendo con su grupo, incluido mi primo. Fija que Ana también venía y hasta incluimos a sus amigas del colegio. Así dejé de ir a bailar a matinée… También hacíamos fiestas en la casa de Juan, donde inventábamos tragos, comíamos asado y el amanecer nos encontraba casi siempre alrededor de su viola cantando.


Para cuando hacia cosa de medio años que estábamos juntos le tocó demostrarme su amor acompañándome en el peor momento de mi vida. Mis viejos sufrieron un accidente espantoso. A mi papá no le pasó nada, pero mi vieja se batió cuerpo a cuerpo contra la parca durante varios días y estuvo internada otros tantos.


Sólo lo menciono como un hecho en donde el papel de Juan acompañándome fue crucial, lo demás no lo quiero recordar ahora. Todavía duele y no dejo de preguntarme que sería de mi vida si el final hubiera sido otro. No importa, todavía la tengo conmigo y cada día que pasa la amo más. En la adultez de los hijos la madre deja de corregir para empezar a acompañar y la mía lo hace como ninguna, es mi mejor amiga.


Volviendo a Juan, sin darnos cuenta los meses iban pasando y de a poco nos fuimos consolidando como pareja. Nos amábamos. Visto desde la óptica de una Ela con 25 años eso no era amor, pero para la Ela de 15 si lo era. Y para esa joven Ela era tan grande ese amor que decidió dar el gran paso que dan todas las adolescentes cuando se enamoran. Le regalé a Juan el privilegio de ser el primero, y él me pagó con la misma moneda. Estamos a mano.


La experiencia fue mejor de lo que las primeras de este tipo suelen ser. Sin entrar demasiado en detalles resumo diciendo que él también se puso nervioso y ante semejante problemón terminamos cagándonos de risa. Eso obtuvo como resultado olvidar los temores y antes de darnos cuenta el gran paso había sido dado.


Durante los años que pasamos juntos compartimos vacaciones, absolutamente todas desde nuestro inicio. Terminamos el colegio, escogimos carrera, empezamos la facultad, conseguimos los primeros trabajos. Hicimos nuevos amigos, nos separamos de algunos amigos viejos. Tuvimos momentos buenos y otros no tantos. Definitivamente entre nosotros no era todo color de rosas. y llegó un momento, que lo que antes me resultaba cómodo dejó de serlo. Me cansé de dirigir la relación a mi antojo, de ser la única con iniciativa, de llevarlo tan fácilmente de las narices, de gritar sola cuando discutíamos mientras él me daba la razón solo por no tener los huevos de plantarse firme en sus convicciones. Cuales? No lo se, no las tenía.


Un día, cuando ya llevábamos juntos algo más de 4 años, me di cuenta que no era feliz, que no me estaba haciendo feliz, que me había cansado de su dejadez, que su forma de ser sacaba lo peor de mi y vivía gritando como una histérica.


Justo estábamos en mi casa cuando empezó la discusión. No me pregunten sobre qué porque no tengo idea. Solo recuerdo que le dije esto así no va más, me cansé. Agarré las llaves y me fui. Él se quedó ahí. Le pedí que cuando volviera ya no estuviera porque no lo quería ver. No hizo otra cosa que llamarme al celular toda la tarde. Primero no lo atendía, pero cuando mi paseo por Plaza Serrano estaba llegando a su fin atendí uno de sus llamados. Me dijo que todavía estaba en mi casa, que lo perdone, que se iba a quedar ahí esperando que yo llegue para conversar.

viernes, 8 de enero de 2010

Relaciones familiares: Mi abuela (II)

(...)


A mi abuela se le acabaron las ganas. Lo dice ella, está cansada. Ella también tiene sus años y con mi papá tenemos miedo que se termine enfermando, por lo que de vez en cuando amenazamos al viejo con que si a mi abuela le pasa algo lo metemos en un geriátrico.


Por lo años a cuestas y la situación las malas características de su personalidad se acentuaron. En honor a la verdad, debo decir que es muy criticona. En especial conmigo. Y con su nuera, mi mamá, también.


Mi vieja es una santa que le banca todo. Hace más de 25 años que mi vieja tiene otra madre, una que la trata y acompaña de una forma que su madre biológica nunca supo hacer. Ellas se adoran.


Pero como decía, mi abuela critica todo. No es una persona negativa, pero sus frases empiezan siempre con un NO. No te escucha, no te deja hablar, no le gusta que la contradigan. Cuando algo no le gusta, o sea, el 95% de las cosas, lanza una onomatopeya que consta de una eme sostenida. Un largo mmmmm con gesto de asco. Debo decir que es bastante molesto, aunque yo también lo haga…


Esta abuela tan peculiar tiene también la particularidad de hacer comparaciones odiosas.

Para ella todo lo que le pase a cualquier ser humano que no sean mis viejos o yo está perfecto, es genial y único.

¿Sabias que fulanito, el nieto de mi amiga Chola, se recibió con honores de Sarlanga y está trabajando de jefe de sarlangas en Quecarajomeimporta S.A.?

(Ah si? Mirá vos que bueno… Yo en cambio soy una inepta, que terminé de carrera porque los planetas se alinearon pero no me recibí todavía así que soy “nadie” y mi laburo es un desastre, pero porque no doy para más, obviamente.)


Y todo lo que se refiera a mis tíos y/o primos es por decantación mejor que lo mío.

No sabes el departamento que se compro tu tío… Herrrmoso, el living es el doble que el tuyo.

(Claro, no vaya a ser cosa que sea la mitad… A parte eventualmente será para alguno de mis primos y ellos no pueden terminar en un hogar más pequeño que el mío bajo ningún punto de vista!)


Estos comentarios me molestan sobremanera y me traumaron durante mucho tiempo. Sentía que nada de lo que yo pudiera hacer llegaría a satisfacerla al punto de sentir orgullo por mi. Pero me equivocaba.

Por esas vueltas de la vida terminé escuchando más de una vez de boca de sus amigas cómo ella hablaba de mi, de lo bien que me iba en la carrera, de mis esfuerzos por estudiar y trabajar a la par, de la mala suerte que siempre he tenido a nivel laboral pero que aun así era una buena hija que ayudaba a sus padres económicamente, que nunca les llevé un disgusto, que tenía lindas amistades. Hablaba con orgullo de lo linda que soy, flaquita y chiquita, un clon de ella en su juventud. También contó con alegría cuando me independicé de mis padres y mi reciente adquisición, mi primer autito.


Ella es tres personas en una. Cuando esta sin mi, cuando estamos juntas y hay más personas y cuando estamos solas. La primera habla de mi con orgullo y satisfacción, la segunda es criticona y desgastante y a la tercera la amo por sobre todas las cosas, porque es además de mi abuela, mi amiga y compañera.


El tema es que la visión que tienen los que me acompañan en el camino de la vida es de la segunda, entonces cuesta entender que le banque todo. Charly no comprende cómo la dejo meterse “tanto” en mi vida, como discutimos y aun así la sigo llamando y le permito opinar. Él asume que lo hago porque debo sentir algún tipo de deuda con respecto al departamento (que es en cierta forma suyo) pero no pasa por ahí, ni por sus atenciones, ni nada relacionado a lo económico. La deuda que yo siento con ella es por la forma en la que me crió, cómo me acompañó siempre, cómo estuvo cada vez que la necesité. Ella no enseñó con palabras, sino con actos. Detesto cuando la gente me dice que soy igual a mi viejo, eso es mentira, soy una combinación de las dos mujeres más hermosas del mundo: mi abuela y mi vieja. Las cosas malas que tengo las habré sacado de otro lado…


Cambió pañales, dio mamaderas, hizo comidas, enseñó a viajar en colectivo, me llevó de compras, de paseo, de vacaciones, me apoyó en todos los momentos difíciles de mi vida, escuchó llantos, reproches, injusticias.

Hoy la que pasa un mal momento es ella. Cómo no estar a su lado? Cómo no apoyarla? Cómo no ajustarme a sus caprichos? No podría, ni ahora ni nunca, darle la espalda a esa mujer que caminaba adelante para guiarme, a mi lado para acompañarme y atrás para sostenerme. No por deuda, sino por amor.


Que los años no pasen tan rápido, por favor, no se que haría sin ella...

jueves, 7 de enero de 2010

Relaciones familiares: Mi abuela (I)

Mi abuela es un caso especial…

La relación que tenemos no se compara con las típicas relaciones abuela-nieta.


Ella es una persona que siempre fue muy activa, siempre corriendo de acá para allá, siempre dispuesta a ayudar en lo que le pidan (y en lo que no también) y acompañar en todo momento.

Es una viejita moderna pero no ridícula. No se maquilla ni va a la peluquería, lleva sus canas con cierto orgullo y más de una vez le han preguntado dónde se hacia esos reflejos tan copados. Usa joggings, remeras de algodón, camperitas, zapatillas, alpargatas (de las lindas, obvio) para el día. Y cuando sale, polleras de modal (algunas fueron mías), remeras con estampados y chatitas.


Cuando sus hijos, que son mi papá y mi tía, se casaron ella dijo que le cuidaba una criatura a cada uno. Lo que no se imaginó es que nacerían con 10 meses de diferencia. Pobre vieja… Ella nos crió a mi primo y a mi.


Crecí en compañía de esta hermosa mujer que siempre me trató con amor a pesar de no ser muy demostrativa, y me hablaba de igual a igual sin importar mi edad. Con ella aprendí a putear (dije putear, no insultar) y a hacerme adicta a las novelas y programas de chimentos.


Heredé de ella el placer de sentarme en un bar a tomar algo con un tostado. También la necesidad de consumir, salir a mirar vidrieras y volver sí o sí con alguna bolsita. Y la cualidad de hablar hasta por lo codos, incluso estando sola.


Me dio siempre todos los gustos. Cada mes, con la jubilación de mi abuelo, íbamos a la juguetería y me compraba una Barbie. Y cuando fui más grande (aunque no tanto) cambié la elección por ropa. Siempre ropa.


Es, hasta el día de hoy, la que me dice que gaste, que me de gustos, que vaya a comer afuera, que me compre cosas, que no llore sobre la leche derramada, que no ahorre en comida. Ella siempre ahorra por mi. Le va sacando plata al amarrete de mi abuelo de a poco y cada tanto me dice: Tengo tanto para gastar, que querés?


Siempre fuimos muy compañeras. Yo soy, por genética y por costumbre, igual a ella. No soy una persona independiente, ella tampoco. Así que a cada lugar que teníamos que ir, así fuera a comprar pan, lo hacíamos juntas.


Soy su confidente, me cuenta cosas que no le dice a nadie, sobre cómo se siente por la situación de mi abuelo, qué opina de mis padres, de mis tíos, de mis primos. No me cuenta sus penas con llanto, sino como una situación por la que le toca pasar, y eso me hace admirarla cada día más. Es una mujer que no se cae. O al menos no se caía.


Hace varios años que mi abuelo está enfermo. Su problema no es una novedad, pero con el tiempo y los años se fue agravando. Tiene EPOC, en criollo: respira con el 15% de los pulmones, culpa de haber fumado durante años plus un laburito en el subte post jubilación.


Hoy por hoy depende 100% de mi abuela. Para comer, para acostarse y levantarse, para bañarse y hasta para caminar. Mientras él estaba medianamente bien mi abuela seguía haciendo su vida normal pero ya no es lo mismo. Tiene miedo y culpa de dejarlo solo y yo entiendo todo, pero esta situación la está consumiendo.


Se siente presa de su casa y de su marido y sabe que para retomar su libertad mi abuelo debe morir. Ella siente culpa por ansiar su libertad porque sabe lo que implica. Cuando uno, con corta edad, se pregunta si existe el amor para toda la vida basta con mirar el amor de esta mujer por su marido. Lo ama tanto que sufre a la par. Tanto, que dejó su vida de lado por acompañarlo en todo momento.


Hasta ahí un gesto hermoso, pero del otro lado no hay más que egoísmo. Pobre mi abuelo, yo lo quiero con toda mi alma, pero nunca se hizo querer. Es un buen tipo, conducta intachable, derecho y honesto, pero amarrete, poco cariñoso y egoísta al extremo. Si mi abuela dejó de lado su vida fue por culpa, pero esa culpa no vino sola, se la hizo sentir él, tanto tanto que la cansó y se instaló a su lado a servirlo.


(...)

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Amores Perros

Si me remonto a mi infancia recuerdo claramente dos cosas que les pedía a mis padres: un perro y un hermano. En un momento llegué a pedirles que elijan, o uno u otro. Siempre se negaron.


Si, soy hija única, niña consentida de papá y compañera de mamá. Pero hoy me voy a explayar en el tema canino.


Desde que tengo memoria que siento un amor incondicional por los perros. Tanto que antes odiaba a los gatos, porque nunca fui un persona con grises. Hoy no los odio, pero definitivamente me quedo con los perros.


Casa donde iba y había perros me tenía ahí, en el piso, jugando con ellos y en seguida venía la repetida petición, siempre con una negativa como respuesta.


Mi abuela paterna tenía a la perrita que había sido de mi padre en su adolescencia. Para cuando yo vine al mundo ya era viejita, pero cómo la amaba y cómo lloré cuando me dijeron que había muerto. Hace poco supe que estaba enferma, es verdad, pero que la sacrificaron antes de tiempo porque para mi abuelo ya era un problema y mi abuela no tuvo opción. Ese día volví a llorar por Carolina…


Mi mamá se crío con perros toda la vida, los tuvo de todas las razas. Yo recuerdo a dos hembras negras, una belga y una doberman, que me dejaban hacerle cualquier cosa cuando visitaba a mis abuelos.


Cuando tenía diez años, para una navidad, recibí de parte de mis tíos y abuelos maternos una hermosa caja con un moño rojo. Recuerdo que me dijeron “agarrala bien, cuidado que se rompe”. Sentí el peso de esa caja en mis manos sin la menor idea de lo que pudiera contener. Quite el moño y al abrirla vi una pulguita negra y marrón que llorisqueaba. Era una perrita pequines de 40 días y fue amor a primera vista.


Para mi se detuvo el mundo. Era el mejor regalo que me pudieran haber hecho, era un perrito, lo que tanto había ansiado, sería mi compañera, dormiría conmigo, la llenaría de mimos y un montón de promesas que hice para mis adentros mientras la besaba y acariciaba. Me dijeron que le ponga un nombre, y sin pensarlo dos veces dije Reina, como en “La Dama y El Vagabundo” quien también había sido un regalo navideño en una caja con moño…


El idilio duro muy poco. Minutos.

Mi viejo dijo “ese perro a mi casa no entra”.

Pensé que su reacción era por la raza. Sabía que a mi papá no le gustaban mucho los pequineses. A mi tampoco en realidad, pero ya eso no importaba, ya me había enamorado.

Imploré que recapacitara de su decisión como poca veces. Prometí todo con tal de que Reina sea parte de mi vida. Su respuesta seguía siendo No. Creo que esa noche lloré más lágrimas de las que pensé que tenía. Cómo la navidad perfecta se transformo en la peor de mi vida? Y mientras yo lloraba y odiaba a mi padre, él se entretenía puteándose con mis tíos y abuelos por el regalo no autorizado.


Acá hago un paréntesis. Creo que un perro no es un regalo para hacer sin consultar. Creo que ningún niño debería crecer sin perros, en especial cuando los pide. Creo que cuando las cosas ya están hechas no se pueden deshacer tan fácilmente y romper así el corazón de un niño. Creo también que mi papá es una persona especial, que me trauma en muchos planos, y como es evidente, desde muy pequeña.


Obviamente me fui sin Reina y con el alma aguada. Ella se quedo con mis tíos, que la trataron siempre como a una reina, pero la llamaban Canela.


Los años pasaron y yo seguía reclamando un perro a mis padres, pero cuidándome bien de no recordarles el episodio con la pequinesa porque hubiera despertado la sensible ira de mi viejo.


No se en qué punto me resigné y empecé a pensar que cuando tuviera mi propia casa definitivamente tendría un perro. Y cómo me habrá marcado la infancia Reina y “La Dama y El Vagabundo” que siempre quise una cocker, dorada y hembra.


En mayo de este año mi nuevo hogar me abrió las puertas, no solo de mi nueva residencia, sino de un lugar donde rigieran mis reglas.


Durante meses (incluso antes de mi mudanza) busque por internet a la perrita que yo quería, pero se hizo difícil, porque la gente cruza mal a los animales y nacen cachorros con manchas donde no corresponden.


En esa época yo estaba fuera de casa todo el día y por primera vez comprendí (en parte) el motivo de la negativa de mis padres. Cómo encargarse de un perro, en especial cuando es cachorro, si no estás en todo el día?


Tres meses después llego mi despido y el concubinato ya era oficial. Charla de por medio, decidimos tener un perrito. Mi condición fue hembra, pero con la raza no hubo acuerdo, así que orientamos la búsqueda a un perro sin raza.


Una noche quedé en cenar con una amiga que no veía desde hacia un tiempo. Vino a casa y pizza va, cerveza viene me cuenta que sus perros se cruzaron sin querer y que tenía 8 cachorros de 35 días para regalar.


Creo que se me transformó la cara. Quise en una sola y trabada frase decirle que había estado buscando cachorros, que queríamos hembra, que no nos importaba que fuera una cruza y que me cuente ya como eran esos bebés, porque si o si uno seria mío.


Me contó que habían nacido cuatro hembras y la misma cantidad de machos, y que tenía disponible 3 hembras negras, dos iguales y una con el pecho blanco, ya que los demás estaban prometidos. Me ofreció ir en ese mismo momento a verlos y casi acepto, pero en un instante de lucidez entendí que sería mejor esperar a mi novio para decidir juntos.


Al otro día al mediodía fuimos. Había dejado a las tres hembras sueltas y apartó a los demás para que no nos confundiéramos. Una de ellas se escondió detrás del futón y no salió hasta que nos fuimos. Otra no nos dio bolilla y se durmió enseguida. La tercera, la del pecho blanco, fue la que nos vino buscar a la puerta y nos llenó de besos. Pasaba de mis brazos a los de mi novio pidiendo mimos y nos compró.


Así fue como Mía nos eligió a nosotros, y no al revés. Cuando dijimos “es ella” lloré. Pero esta vez de alegría. No podía creer haberla esperado toda la vida. Sólo quien ame a estos bichitos como yo me entiende.


Es cierto que no es fácil educar a un cachorro y que toma tiempo y dinero encargarse de un perro. Es verdad que hay veces que me dan ganas de matarla y la amenazo con publicar en Facebook su adopción. Pero llena mis días de alegría, pide mimos todo el tiempo, es super compañera, no me deja sola nunca, me recibe con besos y abrazos (si, abrazos) y mueve la cola cuando le hablo con cariño.


Su nombre ya estaba elegido de antemano, pero a mi novio y a mi amiga no les gustaba. Les dije que lo iba a pensar… Mientras tanto, mi amiga ponía en una bolsita algo de alimento, un huesito y la correa que había sido de su madre. Cuando me da la bolsa leo impresa en ella “Perfumería MIA”. Estaba predestinado. Ese era su nombre, porque las casualidades no existen.


Esta es la historia de cómo me convertí en mamá, de cuánto esperé a Mía y de lo mucho que la amo, mejor dicho, que la amamos, porque es Mía, aunque es nuestra.



miércoles, 9 de diciembre de 2009

Arroz con Leche

“Arroz con leche, me quiero casar con una señorita de San Nicolás, que sepa coser, que sepa bordar, que sepa abrir la puerta para ir a jugar…”


Esta canción es una de las tantas con la que crecimos la generación del 80… Nos hacía parecer demasiado simples las tareas hogareñas. En mi caso, no se coser, ni bordar ni soy de San Nicolás pero en los últimos meses tuve que aprender a abrir la puerta de mi departamento para que mi perrita pueda ir a jugar.

También tuve que poner en práctica los secretos higiénicos de mi madre e inventar los propios… Fórmulas mágicas para dejar los vidrios sin vetas, las sábanas perfumadas, las hornallas brillantes y un sin fin de etcéteras.


Me reconozco una enferma del orden y la limpieza, lo que nunca me imaginé fue que tomara tanto tiempo y esfuerzo mantener una casa reluciente. No es solo cocinar, barrer y lavar los platos, pero aunque así lo fuera solo las amas de casas con presupuestos que impiden contratar ayuda saben cuánto tiempo toma.

Cuando recién me mudé viví un tiempo “sola” por lo que las tareas del hogar eran exclusivamente mías. Los sábados a la mañana limpiaba en profundidad y todos los días cuando llegaba del trabajo repasaba alguna cosita. El olor a Poet y las cosas en su lugar me brindaban un placer que no se describir y actualmente extraño.


Dos meses después las visitas diarias de mi novio se formalizaron en convivencia, y con él llego su ropa, sus libros y su batería. Debo reconocer que trajo poco el pobre, ya que cedió casi todas sus pertenencias a su familia, pero de todas formas hubo que hacer espacio en el placard, en los estantes y hasta deje de dormir en el medio de la cama. Eso fue lo más fácil, una sola noche semanal no te da mucho margen a acostumbrarte a las dos plazas del sommier.


El problema no fue su presencia, sino su desorden. Creo que es una característica innata de los hombres: no saben respetar el lugar de las cosas. Y lo que es peor, suponen que un séquito de duendecitos guardan todo en su lugar cuando se van a dormir. Bueno, los duendes no existen, soy yo! Informarles esto es más o menos como decirle a un niño que Papa Noel no existe y que no recibirán más regalos ahora que el misterio ha sido develado. LOS DUENDES NO EXISTEN, ENTONCES COLGÁ LA CAMPERA, GUARDÁ LA ZAPATILLAS, PONÉ LA MESA O AYUDÁ EN ALGO!


Todavía no estaba del todo claro este punto cuando decidimos adoptar una perrita. La buscamos como si adoptáramos a un niño afgano. Al no ponernos de acuerdo con la raza, optamos por un perro “marca nada” para darle un hogar a uno de tantos animalitos que nadie quiere por falta de pedigree. Terminó siendo una perrita mestiza, fruto de una cruza no deseada, de otros perros sin raza y así sucesivamente en su árbol genealógico.


Nos cambió la vida. Especialmente a mi.

Era yo quién estaba en casa todo el día sufriendo las consecuencias de un nuevo ser que me cambio la vida, que lloraba, hacia sus necesidades por todos lados, estrenaba sus dientes y reclamaba atención. Su presencia implicó nuevas rutinas de limpieza entre otras. Ya la casa nunca más estuvo reluciente.


Han pasado algunos meses y Mía ya sabe qué lugar tiene designado en la casa para sus necesidades aunque a veces de olvida y hace en cualquier lado. Pasaron también muchas charlas con mi novio y no le quedo otra que sacarla a pasear él también y ayudarme a limpiar sus desastres.


A cambiar las sábanas, pasar un trapo a los muebles, barrer y trapear, limpiar el baño, los vidrios, acomodar la ropa, lavar algo de ropa a mano y llevar a lavar otro tanto, limpiar el horno, hacer las compras y cocinar se le sumo limpiar pis y caca de la perra, barrer a diario porque esta cambiando el pelo y sacarla a pasear en un intento de que aprenda a hacer afuera.


El punto es que mantener un hogar presentable toma mucho tiempo y se reconoce poco. Mis amigas me llaman Monica Geller, y tienen razón, porque me encanta limpiar no por el acto en sí sino por deleitarme con la casa limpia una vez finalizado. El tema es que ahora limpio con la misma o más frecuencia que antes y no se nota la diferencia y la única solución que encuentro es recibir ayuda.


No da estar en cuatro patas limpiando el baño mientras mi novio chatea. Tampoco da limpiar todo cuando él no esta y que a penas pise la casa deje todo tirado. Menos que menos da que cuando le pida ayuda su respuesta sea “tengo que estudiar” pero no lo haga…


Es el eterno problema de comunicación entre hombres y mujeres. Parece que hablamos distintos idiomas y que para entablar diálogo deberemos aprender el suyo, ya que enseñarles el nuestro es imposible. No porque sean tontos, sino por cómodos y oportunistas.


Por más que me queje solo puedo seguir limpiando mientras pido ayuda y tal vez un día de tantos la reciba. Eso o dejar que la casa de caiga a pedazos... No hay chances, definitivamente la primera opción.


Conclusión: mi novio sigue siendo ese niño que conoce la mentira de Papa Noel, pero se hace el tonto y sigue escribiendo cartitas para Navidad. Y por las dudas, dos semanas después les deja agua y pasto a los Reyes.