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jueves, 29 de abril de 2010

Home Sweet Home I

La situación era insostenible. No daba para más. No veía la hora de tener mi casa, de tener un lugar a donde quisiera llegar, a donde me gustara pasar el tiempo, rodeada de mis cosas y regida por mis reglas.

Ese lugar estaba. Existía. Me esperaba. O mejor dicho lo esperaba yo a él.

Con la venta de la quinta se había comprado un departamento de dos ambientes. Si, si, una casa con terreno en provincia equivale a un dos ambientes en zona sur de capital federal, tristísimo. Pero para cuando se realizó la transacción yo no contaba con los medios como para habitarlo, por lo que se alquiló.

Así lo vi alejarse dos años en el tiempo. Para ese entonces ya me incomodaba vivir con mi papá, pero él se ocupó que en ese tiempo mi malestar se acrecentara potencialmente mes a mes, día a día, hasta concluir que solo mi vieja lo banca aunque merece estar solo. Igual, debo decir, que a la distancia nada se ve tan grave y aprendí a quererlo nuevamente.

Durante ese tiempo me tuve que ocupar de convencer a mi viejo que me sirva de garante, de calmar el llanto de mi vieja causado por la ida de su única hija, manipular a mi abuela para que haga su parte con mi abuelo, pelear un precio bajo de alquiler y hacerles creer a todos cuan responsable y solvente era yo. Al menos lo suficiente como para vivir sola.

La parte más complicada fue convencer a mi abuelo, primero de que me alquile el depto y segundo del beneficio de un precio preferencial. Y cualquiera que me escuche (o me lea) dirá, que yegua, pobre viejo, un jubilado al que le reducen los ingresos por los caprichos de su nieta. Pero no es tan así.

Por un lado, mi departamento contrajo una pequeña deuda por gastos inmobiliarios que se pagó con gran parte de los alquileres, por lo que tampoco mientras estuvo alquilado pudo aumentar sus ingresos. Y por otro lado, el departamento es de mi viejo, heredado de sus padres en vida y siendo yo hija única, lo pongan como lo pongan, en definitiva es mío. Y si continúo con los motivos, para qué tener una propiedad si no podés ayudar a tu hija/nieta/familiar/loquesea?

Para enero del año pasado ya tenía el ok de todos, menos el del nono, pero de eso se encargaría mi abuela. Igual debía mantener todo bajo el manto de la discreción, ya que si mi tía (hermana de mi viejo) se enteraba pondría el grito en el cielo por más que ella nada tenía que ver con esta propiedad.

En teoría el contrato se vencía en julio, pero alquilarlo a una persona conocida nos obligo a ofrecerles quedarse el tiempo extra que deseen. Nunca me quejé y lo entendí plenamente, pero la fecha incierta hacía que mi maratón hacia la independencia tuviera una meta difusa.

Mientras tanto yo seguía averiguando precios de todo lo necesario para mi mudanza, pero estaba atada de pies y manos para la compra por la falta de lugar donde poner las cosas, básicamente.

Sólo me animé a comprar el escritorio para la computadora, ya que en la casa de mis viejos siempre había usado una mesa que en mi nuevo hogar serviría (y lo sigue haciendo) para comer. Como digo yo, es la mesa que está destinada a jamás cumplir su verdadera función: es una mesa de cocina, que sirvió de escritorio y ahora decora mi living.

Un fresco día de otoño me confirman que el escritorio estaba listo y podía pasar a buscarlo esa misma tarde. Negada a pagar un flete, le pedí a mi viejo que me lleve a buscarlo y que invente una forma de meterlo en el coche. Cuando estábamos en camino mi viejo me dice:
- Sabés donde esta la abuela en este momento?
- mmm no, dónde?
- En la inmobiliaria…
No terminó de decirme eso, cuando mi celular sonó. Era mi abuela:
- Ya tengo la llave!

Con el auto en marcha nos dirigimos a la casa de mi abuela, se subió al coche y partimos los tres llave en mano hacia el departamento.

(...)


Este es el escritorio en cuestión, y el porta CD´s haciendo juego.

martes, 20 de abril de 2010

El paraíso

Redacté una carta para ella de tres hojas frente y dorso en donde me despedía. Le agradecí los momentos compartidos, los que si no fuera por ella no hubiera vivido. Le dije cuanto significaba para mi, que siempre la recordaría y dejé una promesa de volvernos a ver en algún futuro. Le recordé algunas de nuestras aventuras juntas y todo lo aprendido gracias a ella. Rememoré el pasado y me di cuenta que ella siempre había estado ahí. Le mencioné que por su causa de vez en cuando dejaba de ser la señorita siempre limpita, arregladita, de punta en blanco, para revolcarme con ella, enchastrarme, y terminar agotada pero feliz. Y que las noches con ella eran mágicas pero los despertares, con sus ruidos diferentes a los acostumbrados me hacían sentir en el paraíso. Le dije que la amaba aunque era una obviedad, y le pedí disculpas por haberle sido infiel con una más joven y bonita, a la cual quise y disfruté, es verdad, pero no se comparaban. Lloré por ella y todavía la extraño.

Hace tres años que se fue. Que la dejamos ir.
Y se me hace un nudo en la garganta cuando pienso en ella.
Esa casa que compró mi familia, medio destartalada, que fue refaccionándose con el tiempo. A 30 minutos de casa, en zona sur, el paraíso. En donde se invirtieron más sueños que dinero. Que tenía aires de quinta, pero siempre dijimos que era de octava aunque para nosotros era de primera.

Todavía tengo mucho para agradecerle.
No solo me dejó treparme a sus árboles y me prestó su espacio para aprender a andar en bicicleta. Y pude crecer pisando pasto y comer los mejores asados del mundo semanalmente. No le bastó regalarme jazmines durante 20 primaveras y las más sabrosas ciruelas, los más dulces duraznos y esos higos que jamás volví a probar. No solo me enseñó a recuperarme de los raspones en las rodillas, a jugar con bombitas de agua, a armar la pelopincho. No se conformó con despertarme con olor a tierra mojada y el cantar de las chicharras. También, cuando se fue, me regaló estas cuatro paredes que hoy habito: mi departamento.
Me regaló un lugar donde plantar mis sueños junto con los de Charly, un punto de partida, nuestro lugar, donde formar una familia y donde somos felices.

Prometí volver a comprarla, algún día. No una parecida, la quiero a ella.

miércoles, 27 de enero de 2010

Maldito mundo desigual

No tengo ideologías comunistas, es más, mi forma de pensar se podría acercar más al capitalismo. No por los millones que gano al mes, sino por el concepto de esfuerzo para la superación, el saber que si tenés algo es porque te rompiste el culo y te lo ganaste y no porque te lo regaló el estado. Igual reconozco que hay un dejo de idealismo en mi concepto…


En fin. A mi no me quita el sueño la lucha de los piqueteros, es más, me molesta e indigna. No me mueve un pelo que las villas estén llenas de niños porque considero que la gran mayoría de sus padres esta ahí porque quieren. Y tienen media docenas de hijos al año un poco por falta de educación pero sobre todo porque les conviene. Y sino averigüen cuanto paga la turra de Cristina por cada hijo, con mis impuestos y los tuyos obviamente.


Tampoco me afecta el hecho desigual de ser una laburante, que todo le cuesta el triple que a la mayoría, no tuvo la suerte de nacer en cuna de oro y siempre la peleó de abajo, y aparentemente lo seguiré haciendo. No me perturba que mientras haya gente que viaja por el mundo yo no llegue a fin de mes. No me siento menos que los que comen semanalmente en Puerto Madero, ni que los estudiantes que los padres bancaron la carrera, ni a los que les regalaron un coche con el primer 8 que se sacaron. Ni siquiera, con este calor, me siento menos que los que veranean en Punta. Al contrario, mi sacrificio me da una sensación gratificante de vez en cuando, que me hace recordar los padecimientos propios y familiares que me pusieron donde estoy.


Lo que me trastorna, me frustra, me amarga la vida es la desigualdad de los que no la merecen. Y hablo de los animales, sobre todos los perros.


Ya es sabido que los amo con locura y dediqué un post entero hablando de ellos. Desde que decidí adoptar a Mía se reforzó no solo mi amor hacia estos fieles compañeros sino mi espanto ante seres humanos? que los desprecian y maltratan. Camino por la calle y cada vez veo más perritos sucios, flacos, solos, tristes. Y si tengo la mala suerte que me siga alguno llego a casa llorando de impotencia. Ahí pienso que me encantaría tener una casa grande con terreno para albergar a todos esos bichitos que me cruzo en el camino y darles el amor que se merecen.


Lo peor del caso es que la gran mayoría de esos perritos no nacieron en la calle, sino que alguien los adoptó seguramente en alguna plaza, los llevó a su casa, jugó con ellos, y luego se aburrieron, dejaron de prestarles atención hasta que decidieron abrir la puerta de su casa y sacarlos para siempre de sus vidas. No me entra en la cabeza que alguien pueda hacer eso, pero evidentemente pasa y mucho.


Yo vivo en capital, pero en una zona de muchas casas bajas y pocos edificios. Ésta zona tiene un aire a provincia que me encanta, me hace recordar al barrio donde teníamos la quinta… Y aclaro esto porque fue cuando me mude a este barrio que empecé a cruzarme con 3 o 4 perritos por cuadra, y ni hablar de la docena de gatos que vive en el jardín de mi edificio.


El lunes apareció en la puerta de mi casa una perrita hermosa, con los ojos amarillos más profundos que vi en mi vida. El primer día me hice la tonta, como trato de hacer siempre, sino no se puede vivir. Ayer ya le bajé comida y agua e intenté acercarme a ella, pero no lo conseguí. Está muerta de miedo pobrecita, no ladra, no molesta, según el portero no come tampoco. Charly no me dejo entrarla, y en el fondo tiene razón, no me puedo hacer cargo de todos los perros con los que me cruzo. Estoy destruida. No puedo explicar en palabras los ojos hermosos de esa perra, por eso adjunto foto. Me encantaría encontrarle un hogar, que sea feliz y reciba el amor que todos estos perritos se merecen. Se nota que ha sido abandonada, y hasta tuvo cría hace poco, motivo más que probable de su abandono.


Y ayer, después de bajarle comida, le decía a Mía llorando “que perrita afortunada que sos eh” y es verdad. Mía es cruza de cruzas, su propia madre fue recogida de una plaza donde la habían dejado abandonada al nacer, junto a la abuela de Mía. Ella podría estar ahora corriendo la misma suerte. Me duele esa posibilidad, pero más me duele saber que somos muchos los que adoptamos bichichos pero no los suficientes. Me duele ver los que no corren con la misma suerte, los que no tienen agua fresca en estos días de calor, ni cobijo los días de invierno, los que no reciben amor.


Esa es la desigualdad que me aniquila, la de los que no la merecen, la de los que si les dieran una oportunidad llenarían la vida de sus dueños de amor, besos, cariños y juegos. Solo quien tiene un amigo incondicional sabe de lo que hablo.



Pd: Si alguien sabe qué puedo hacer por esta belleza, escriba un post y deje su mail por favor! Gracias!

martes, 19 de enero de 2010

Los Hombres de mi Historia: Juan, mi primer amor (II)

Me bajé de la cama y caminé en punta de pies entre la mezcla de brazos y piernas que había desparramados sobre los colchones. Estaba completamente colorada y evité las miradas de todos. Llegué al lugar donde debía recostarme y lo hice, mirando al techo.


Me dijo tu amigo que venga para acá. Uno de los chicos preguntó con muy poco tacto si yo le gustaba a Juan y él respondió que si. Después me pregunto a mi y me reí, afirmando. Entonces, dense un beso. Yo no paraba de reírme, de nervios por supuesto. Entonces Juan me mira, se incorpora dejando su cara sobre la mía todavía en la almohada y me dice: Empezamos? Y me besó.


Es fácil 10 años después decir que fue un comienzo espantoso, que no hizo nada por conquistarme y que no es forma de decirle a alguien que le querés dar un beso, pero más vergonzoso es reconocer que en ese entonces pensé exactamente lo mismo. No fue un buen beso, estaba incomoda, no me podía mover, él tenia el control completo del beso en cuanto a intensidad y duración. Los primeros besos con alguien raramente son buenos… Gracias a Dios después mejoran.


Era evidente que mucho más en esa casa no podíamos estar. Todavía era relativamente temprano, pero calculo que ya había pasado la medianoche. Teníamos que buscar la forma de irnos a dormir todos enfrente, los chicos y nosotras, que no teníamos permiso. No recuerdo como convencimos a mi abuela y cruzamos todos con los colchones a dormir en la otra casa (es una forma de decir, por ese entonces era un terreno con una pileta y una cancha) a merced de los mosquitos.


Ana se acostó cerca de su acosador, yo a lado de Juan y los demás desparramados por ahí, aunque estábamos todos juntos. No tengo la menor idea que habrán hecho lo demás. Solo recuerdo que con Juan pasamos la noche conversando y dándonos besos. Mirando las estrellas en ese cielo despejado de verano me señalo Marte. Nunca antes lo había visto. Me regaló ese planeta y tiempo después me escribió una canción sobre esa noche y nuestra estrella.


Supongo que en algún momento, bien entrada la madrugada, nos habremos dormido. Nos despertó el sol bien temprano y de a poco fuimos organizándonos para ir a desayunar a la verdadera casa. Comimos algo, nos pusimos la malla y toalla en mano volvimos a cruzar al paraíso.


El sol del nuevo día me trajo incertidumbre. No sabía si debía comportarme igual que la noche anterior o hacer de cuenta que no pasó nada y dejar los hechos escondidos en la oscuridad. Tenía que mantenerme suficientemente cerca como para que recordara mi existencia, pero a prudente distancia por si decidía ignorarme todo el día.


La incertidumbre duro poco. En cuanto volvimos a estar solos, y por solos me refiero a lejos de la vista de mi abuela, volvió a besarme con igual intensidad que horas atrás.


A Juan nunca le gustó el futbol y como había llevado la guitarra pasamos el día cantando canciones de Calamaro, nadando en la pileta y fumando colillas de cigarrillo, las mismas que habíamos regado por el suelo el día anterior sin darnos cuenta que se nos acababan los puchos y no había plata para comprar más. Y aunque la hubiera habido, en provincia un domingo a la mañana lo único que podes conseguir es pan y diarios, ni en pedo un kiosco.


Al bajar el sol emprendimos la retirada. Mi abuela, obstinada como siempre, quería volver en colectivo, pero con Ana esgrimimos muy bueno argumentos, se ve, porque la convencimos de hacerlo en tren. Con mi abuela delante había que cuidarse del contacto con Juan. Una persona mayor no entiende de besos sin compromiso entre adolescentes y más cuando una de las partes es su nieta de 15 años.


Durante el viaje en tren concluimos que algo había que inventar para decirle a mi abuela y dejarla contenta. Lo pensamos todo el viaje con Ana, pero no sabía como decírselo a Juan, no podía acercarme demasiado a el. Mi abuela sabía que conocía a varios de los chicos, pero en teoría Juan y yo no nos conocíamos. El mejor nexo de contacto era mi primo, pero como había plantado cara de culo al vernos llegar a la quinta y aun más cuando Juan y yo nos besamos, no era de ayuda. Todo lo contrario, corría el riesgo de que le diga cualquier cosa a mi abuela o lo que es peor, que le diga la verdad: No hay nada entre ellos, solo se dieron unos besos.


En constitución nos tomamos el bondi, y eso significaba que me quedaban 10 minutos para inventar algo con respecto a Juan. Se me ocurrió decir que éramos novios desde hace unos días y dentro de una semana o diez días decirle a mi abuela que nos habíamos peleado. Eso justificaba mi accionar ese fin de semana y aplacaba la moral de mi abuela. Ahora me tocaba avisarle a Juan de mi plan…


Juan me encantaba, pero debo reconocer que en ese momento estaba mas preocupada en quedar bien ante los ojos de la chusma de mi abuela que en procurar que lo nuestro con Juan durase algo más que un mísero fin de semana.


Me acerco a la parte del bondi donde estaba Juan y le digo:
- Le voy a decir a la vieji que somos novios hace cosa de una semana para que no me de clases de moral y dentro de unos días le digo que nos peleamos, si?
- Esta bien, pero vos querés?
Y mi cabeza pensó “obvio que quiero hacer eso, te lo estoy diciendo” y respondí:
- Sí, quiero - Y ahí entendí, me estaba preguntando si en verdad quería ser su novia. Pensá rápido, pensá rápido y respondí:
- Ah, Nooooo… - Tarada!!! Cómo le vas a decir que no? - Eh… si, no, si, no se, vos querés?
- Y si, por algo te lo estoy preguntando…
- Ah, ok, quedamos así.

Y volví a mi lugar, donde estaba Ana y le dije:
- Ana, tengo novio.

lunes, 18 de enero de 2010

Los Hombres de mi Historia: Juan, mi primer amor (I)

Siempre me consideré una persona con buena memoria, pero por las dudas cuando Ana vuelva de las vacaciones voy a hablar con ella para que me ayude a recordar algunos detalles. Ella tiene la cualidad de recordar mis peores cosas, pero también las más graciosas y ridículas. Obviamente que yo recuerdo las suyas.


Nosotras pasamos la vida juntas. Somos amigas desde el día en que nací, hace 25 años. Ella tenía 10 meses y por ese entonces nuestros padres, que eran conocidos, habían empezado a forjar la amistad que los une hasta el día de hoy.


En algún momento de nuestros juegos infantiles prometimos ser amigas toda la vida y amadrinar a nuestro primer hijo, que debería ser nena y nacer más o menos para la misma época. Hasta ahora cumplimos con la parte de la amistad, yo soy madrina de su primera y única hija Jazmín (que tienen 3 meses) y ella será la madrina de mi hijo/a el día que lo tenga, pero no creo que podamos cumplir con los tiempos. Para eso debería estar embarazada, oh! No, por Dios! Por ahora no…


Volviendo a la adolescencia, cuando estaba en segundo año me reencontré con una amiga que no veía hacia un tiempo. Empezamos a frecuentarnos y así conocí a su hermano: Juan. Un día llegué a su casa y estaba tomando sol en la reposera, y cuando me dirigía a saludarlo se levantó y se tiró a la pileta. Me ignoró. Y eso es lo peor que un hombre puede hacerme.


Me encantó desde el primer momento que lo vi, pero él no me registraba. Claro, qué tiene para mirar en una rubiecita petiza un morocho, alto, de ojos verdes tres años mayor?


Por esas cosas del destino resultó ser parte del grupo de amigos de mi primo. Para cuando llego el verano mis tíos estaban construyendo su casa quinta y aunque ésta estaba en veremos, la pileta y la cancha de futbol estaban terminadas. Como estaba frente a la otra casa quinta familiar no había inconvenientes para ir, se podía pasar el día en la pileta y luego ir a dormir a la otra casa.


Un viernes supe que la pileta estaba terminada y arregle con Ana para ir a pasar el fin de semana, sin saber que por su lado mi primo estaba organizando lo mismo con sus amigos. Mi primo siempre fue especial en cuanto a compartir momentos y amistades, básicamente un egoísta, pero como me enteré del detalle de su presencia tarde, me hice la tonta y fuimos igual.


Nos despertamos temprano y nos tomamos el tren hacia zona sur. Caminamos la cuadras que separan la estación de las casa y cuando llegamos ahí estaba él. En realidad estaban todos, pero a mi solo me importaba Juan.


Pasamos el día al sol en la pileta. Yo tratando de llamar la atención de Juan pero con mis recién cumplidos 15 años todavía no había aprendido cómo. Ana por su parte se tuvo que bancar el acoso de otro de los chicos, pero qué no hace una por una amiga?

Al caer el sol nosotras debíamos cruzar a dormir en la casa terminada, mientras que los chicos habían organizado pasar la noche bajo las estrellas. Éramos dos mujeres entre seis hombres. Convencimos fácilmente a cinco de ellos de dormir todos juntos enfrente, pero mi primo encaprichado oponía resistencia. A él lo convencieron sus amigos.


Después de comer sacamos la mesa y tiramos todos los colchones uno al lado del otro en el living. Pobre mi abuela… Ella intentaba dormir en uno de los cuartos, pero 8 adolescentes a una pared de distancia no la dejaban.


Y yo estaba ahí, acostada en la única cama con Ana, pensando que si esa noche no pasaba nada con Juan, mis intentos de seducción habrían fracasado rotundamente. Estaba a punto de desistir cuando el acosador de Ana se me acerca y me dice: No me dejás acostarme acá? La miro a Ana, que ya estaba entregada y a decir verdad un poco le gustaba el flaco, y me dice que si. Cuando me estoy bajando, el flaco remata: Vos acostate allá, al lado de Juan…