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viernes, 8 de enero de 2010

Relaciones familiares: Mi abuela (II)

(...)


A mi abuela se le acabaron las ganas. Lo dice ella, está cansada. Ella también tiene sus años y con mi papá tenemos miedo que se termine enfermando, por lo que de vez en cuando amenazamos al viejo con que si a mi abuela le pasa algo lo metemos en un geriátrico.


Por lo años a cuestas y la situación las malas características de su personalidad se acentuaron. En honor a la verdad, debo decir que es muy criticona. En especial conmigo. Y con su nuera, mi mamá, también.


Mi vieja es una santa que le banca todo. Hace más de 25 años que mi vieja tiene otra madre, una que la trata y acompaña de una forma que su madre biológica nunca supo hacer. Ellas se adoran.


Pero como decía, mi abuela critica todo. No es una persona negativa, pero sus frases empiezan siempre con un NO. No te escucha, no te deja hablar, no le gusta que la contradigan. Cuando algo no le gusta, o sea, el 95% de las cosas, lanza una onomatopeya que consta de una eme sostenida. Un largo mmmmm con gesto de asco. Debo decir que es bastante molesto, aunque yo también lo haga…


Esta abuela tan peculiar tiene también la particularidad de hacer comparaciones odiosas.

Para ella todo lo que le pase a cualquier ser humano que no sean mis viejos o yo está perfecto, es genial y único.

¿Sabias que fulanito, el nieto de mi amiga Chola, se recibió con honores de Sarlanga y está trabajando de jefe de sarlangas en Quecarajomeimporta S.A.?

(Ah si? Mirá vos que bueno… Yo en cambio soy una inepta, que terminé de carrera porque los planetas se alinearon pero no me recibí todavía así que soy “nadie” y mi laburo es un desastre, pero porque no doy para más, obviamente.)


Y todo lo que se refiera a mis tíos y/o primos es por decantación mejor que lo mío.

No sabes el departamento que se compro tu tío… Herrrmoso, el living es el doble que el tuyo.

(Claro, no vaya a ser cosa que sea la mitad… A parte eventualmente será para alguno de mis primos y ellos no pueden terminar en un hogar más pequeño que el mío bajo ningún punto de vista!)


Estos comentarios me molestan sobremanera y me traumaron durante mucho tiempo. Sentía que nada de lo que yo pudiera hacer llegaría a satisfacerla al punto de sentir orgullo por mi. Pero me equivocaba.

Por esas vueltas de la vida terminé escuchando más de una vez de boca de sus amigas cómo ella hablaba de mi, de lo bien que me iba en la carrera, de mis esfuerzos por estudiar y trabajar a la par, de la mala suerte que siempre he tenido a nivel laboral pero que aun así era una buena hija que ayudaba a sus padres económicamente, que nunca les llevé un disgusto, que tenía lindas amistades. Hablaba con orgullo de lo linda que soy, flaquita y chiquita, un clon de ella en su juventud. También contó con alegría cuando me independicé de mis padres y mi reciente adquisición, mi primer autito.


Ella es tres personas en una. Cuando esta sin mi, cuando estamos juntas y hay más personas y cuando estamos solas. La primera habla de mi con orgullo y satisfacción, la segunda es criticona y desgastante y a la tercera la amo por sobre todas las cosas, porque es además de mi abuela, mi amiga y compañera.


El tema es que la visión que tienen los que me acompañan en el camino de la vida es de la segunda, entonces cuesta entender que le banque todo. Charly no comprende cómo la dejo meterse “tanto” en mi vida, como discutimos y aun así la sigo llamando y le permito opinar. Él asume que lo hago porque debo sentir algún tipo de deuda con respecto al departamento (que es en cierta forma suyo) pero no pasa por ahí, ni por sus atenciones, ni nada relacionado a lo económico. La deuda que yo siento con ella es por la forma en la que me crió, cómo me acompañó siempre, cómo estuvo cada vez que la necesité. Ella no enseñó con palabras, sino con actos. Detesto cuando la gente me dice que soy igual a mi viejo, eso es mentira, soy una combinación de las dos mujeres más hermosas del mundo: mi abuela y mi vieja. Las cosas malas que tengo las habré sacado de otro lado…


Cambió pañales, dio mamaderas, hizo comidas, enseñó a viajar en colectivo, me llevó de compras, de paseo, de vacaciones, me apoyó en todos los momentos difíciles de mi vida, escuchó llantos, reproches, injusticias.

Hoy la que pasa un mal momento es ella. Cómo no estar a su lado? Cómo no apoyarla? Cómo no ajustarme a sus caprichos? No podría, ni ahora ni nunca, darle la espalda a esa mujer que caminaba adelante para guiarme, a mi lado para acompañarme y atrás para sostenerme. No por deuda, sino por amor.


Que los años no pasen tan rápido, por favor, no se que haría sin ella...

jueves, 7 de enero de 2010

Relaciones familiares: Mi abuela (I)

Mi abuela es un caso especial…

La relación que tenemos no se compara con las típicas relaciones abuela-nieta.


Ella es una persona que siempre fue muy activa, siempre corriendo de acá para allá, siempre dispuesta a ayudar en lo que le pidan (y en lo que no también) y acompañar en todo momento.

Es una viejita moderna pero no ridícula. No se maquilla ni va a la peluquería, lleva sus canas con cierto orgullo y más de una vez le han preguntado dónde se hacia esos reflejos tan copados. Usa joggings, remeras de algodón, camperitas, zapatillas, alpargatas (de las lindas, obvio) para el día. Y cuando sale, polleras de modal (algunas fueron mías), remeras con estampados y chatitas.


Cuando sus hijos, que son mi papá y mi tía, se casaron ella dijo que le cuidaba una criatura a cada uno. Lo que no se imaginó es que nacerían con 10 meses de diferencia. Pobre vieja… Ella nos crió a mi primo y a mi.


Crecí en compañía de esta hermosa mujer que siempre me trató con amor a pesar de no ser muy demostrativa, y me hablaba de igual a igual sin importar mi edad. Con ella aprendí a putear (dije putear, no insultar) y a hacerme adicta a las novelas y programas de chimentos.


Heredé de ella el placer de sentarme en un bar a tomar algo con un tostado. También la necesidad de consumir, salir a mirar vidrieras y volver sí o sí con alguna bolsita. Y la cualidad de hablar hasta por lo codos, incluso estando sola.


Me dio siempre todos los gustos. Cada mes, con la jubilación de mi abuelo, íbamos a la juguetería y me compraba una Barbie. Y cuando fui más grande (aunque no tanto) cambié la elección por ropa. Siempre ropa.


Es, hasta el día de hoy, la que me dice que gaste, que me de gustos, que vaya a comer afuera, que me compre cosas, que no llore sobre la leche derramada, que no ahorre en comida. Ella siempre ahorra por mi. Le va sacando plata al amarrete de mi abuelo de a poco y cada tanto me dice: Tengo tanto para gastar, que querés?


Siempre fuimos muy compañeras. Yo soy, por genética y por costumbre, igual a ella. No soy una persona independiente, ella tampoco. Así que a cada lugar que teníamos que ir, así fuera a comprar pan, lo hacíamos juntas.


Soy su confidente, me cuenta cosas que no le dice a nadie, sobre cómo se siente por la situación de mi abuelo, qué opina de mis padres, de mis tíos, de mis primos. No me cuenta sus penas con llanto, sino como una situación por la que le toca pasar, y eso me hace admirarla cada día más. Es una mujer que no se cae. O al menos no se caía.


Hace varios años que mi abuelo está enfermo. Su problema no es una novedad, pero con el tiempo y los años se fue agravando. Tiene EPOC, en criollo: respira con el 15% de los pulmones, culpa de haber fumado durante años plus un laburito en el subte post jubilación.


Hoy por hoy depende 100% de mi abuela. Para comer, para acostarse y levantarse, para bañarse y hasta para caminar. Mientras él estaba medianamente bien mi abuela seguía haciendo su vida normal pero ya no es lo mismo. Tiene miedo y culpa de dejarlo solo y yo entiendo todo, pero esta situación la está consumiendo.


Se siente presa de su casa y de su marido y sabe que para retomar su libertad mi abuelo debe morir. Ella siente culpa por ansiar su libertad porque sabe lo que implica. Cuando uno, con corta edad, se pregunta si existe el amor para toda la vida basta con mirar el amor de esta mujer por su marido. Lo ama tanto que sufre a la par. Tanto, que dejó su vida de lado por acompañarlo en todo momento.


Hasta ahí un gesto hermoso, pero del otro lado no hay más que egoísmo. Pobre mi abuelo, yo lo quiero con toda mi alma, pero nunca se hizo querer. Es un buen tipo, conducta intachable, derecho y honesto, pero amarrete, poco cariñoso y egoísta al extremo. Si mi abuela dejó de lado su vida fue por culpa, pero esa culpa no vino sola, se la hizo sentir él, tanto tanto que la cansó y se instaló a su lado a servirlo.


(...)

lunes, 4 de enero de 2010

Relato de una ex-peatona

Nunca me gustó viajar en colectivo. Me da mucho asco agarrarme de esos caños mugrientos, el olor de la gente en hora pico, los vidrios sucios que impiden ver para afuera, viajar parada… En fin, detesto viajar en colectivo y me di cuenta de esto cuando hace varios años trabajaba por Palermo y tenia 45 minutos de viaje más varias cuadras para caminar.

En esa época decidí que necesitaba un auto.


Jamás tuve un sueldo interesante, pero me propuse ahorrar lo que pudiera y más adelante ver como barajaba algún crédito para comprar mi primer autito. Soñaba, humildemente, con un Fiat 600.


Mi siguiente laburo me quedaba muy cómodo a nivel transporte, a una cuadra de mi casa (la paterna por aquel entonces). De todas formas, los meses que podía, separaba algunos pesitos que si no eran para un coche, para algo los usaría eventualmente.


Así pasaron 3 o 4 años con el sueño de tener un auto, pero era conciente que no solo no lo necesitaba tanto, sino que no lo podía mantener. Y además, a medida que pasaba el tiempo y mis ahorros crecían mis aspiraciones también lo hacían pero exponencialmente. Entiéndase que el Fitito que pretendía en seguidita se transformó en un 147 y así sucesivamente, mientras que con lo acumulado a duras penas compraba una bicicleta.


En el interín surgió la imperiosa necesidad de mudarme. No pude ahorrar nada durante un tiempo, pero andaba contando las monedas ya que quería evitar a toda costa tocar mis míseros ahorros para la mudanza. Y lo conseguí.


Una vez en mi departamento el estilo de vida cambió. Se acabaron los taxis, el fiambre para sandwiches, los zapatos nuevos, los delivery y por supuesto también la capacidad de ahorro. Como me costaba tanto llegar a fin de mes, decidí dejar mis pesitos al amparo de mi padre, para vencer la tentación de hacerlos mierda en el primer shopping que viera. Hice bien.


Para colmo de males, en medio de mi crisis económica, me despiden del trabajo. Son cosas que pasan, yo venía tirando curriculums desde hacía un tiempo porque ya no estaba cómoda y me la veía venir, pero eso no quita que la situación le haya dado un golpe mortal a mi tambaleante economía hogareña.


Y encima, la indemnización se hizo esperar, como es usual…


Nos ajustamos lo más que pudimos y recibimos mucha ayuda de mi familia. Yo les decía que no me dieran plata, que me pagaran algun servicio. Y mientras mi vieja pagaba el cable, mi abuela me llenaba la heladera.


Fue duro. Recuerdo ponerme a llorar al abrir las bolsas y encontrar alfajores, golosinas, fiambre, pan lactal, aceite de maíz, lisoform, bolsas de residuo, pecceto para milanesas… convengamos que son cosas que uno dispensa cuando no tiene un mango…


Volviendo al punto, el sueño del auto estaba cada vez más lejano. Sin trabajo, sin capacidad de ahorro y con deudas no solo no existía la posibilidad de compra, sino que faltaba el sustento para su mantenimiento.


Hasta que un día llegó la indemnización. Y la idea de un trasporte volvió a rondar por mi cabeza.


Charly siempre tuvo moto, entonces empezamos por ahí. A buscar algo similar a lo que le habían robado meses atrás y así tener al menos una comodidad. Nada de lo que veíamos nos convencía y los precios eran altos, así que retomamos la idea del 147. Lo que veía, honestamente, no me gustaba. Sentía que era tirar la plata.


Definitivamente, pretendíamos más. Buscamos por Internet algún golcito, línea vieja. Nos parecía digno para empezar. Y en esa búsqueda separamos algunos para visitar, uno de ellos de los redonditos y por ahí empezamos.


Nunca llegamos a ver el segundo. Llegamos y ahí estaba, paradito en sus 4 ruedas negras, con los vidrios polarizados a modo de gafas de sol y su blancura de novia.


Nos encantó. Lo señamos con una suma irrisoria y 5 días después me convertí en dueña. Y de generosa nomás le regalé la cédula azul a Charly…


Tengo mucho más auto del que una simple laburante como yo podía aspirar. Sé que no es un Alfa Romeo, pero después de un año de tantos sacrificios honestamente no imaginaba poder comprarme un autito como este.


Por mi afán de humanizar las cosas y ponerles nombre, yo lo llamo Tito pero Charly le dice Monchito, y hace un mes y dos días que nos acompaña a todos lados. Me corrijo: que nos lleva.




jueves, 31 de diciembre de 2009

Chau dos-mil-nueve, Gracias x todo!

Lista!

Estoy medianamente peinada, maquillada y vestida. Espero a Charly que llegue de la casa de su mamá para irnos a lo de mis tíos, siempre y cuando no haya cambio de planes.


Por los hechos de estos últimos dos días deduzco que no leyó mi blog.

Hoy no importa demasiado, quiero pasarla bien, entonarme un poco y comer como un chancho si mi ataque al hígado todavía latente me lo permite.


Voy a levantar mi copa a las 12, como ya lo dije, pidiendo un cambio. Y soy conciente que ese cambio puede significar que Charly deje de estar en mi vida, pero me esperanzo por que signifique que cambie y estemos mejor.


El resultado hoy tampoco importa.


Así que, chau 2009, gracias por todo...

Y benvenido 2010!!! Mandame un cambio, regalame sonrisas!

(y ya que estas, un sueldo mejor también)


Feliz 2010 para todos!!!!

martes, 29 de diciembre de 2009

Balance de fin de año

Son las doce y pico del mediodía y todavía bostezo. Se que no es sueño, ya que dormí toda la noche y buena parte de la mañana, es mera culpa de mi ataque al hígado. Nota mental, un volcán de chocolate está bien, dos ya es abuso.


Por lo general, cuando me siento mal me pongo maricona, sensible y llorona. Hoy estoy sensible nomás, parece que se me acabaron las ganas de llorar. Estoy, básicamente, deprimida.


No le quito mérito a la época eh, siempre me deprimo para las fiestas, la Navidad no me gusta no por la Navidad en sí sino por la forma de festejo de mi familia. Este año me tocó pasar la Noche Buena con mi suegra y tampoco me gustó y todavía resta Año Nuevo, con mis parientes.


Este fue un año difícil y a la vez hermoso.


En los primeros meses del año festejamos nuestro primer aniversario con Charly y nos fuimos de viaje a Bariloche, lo que implicó mi primera experiencia en un avión, y por supuesto, esa hermosa ciudad y yo al fin nos conocimos.


En marzo me confirmaron la próxima disponibilidad de mi departamento, por lo que comenzaron los verdaderos preparativos, ahorros y compras correspondientes.


En abril me dieron las llaves y el 1ero de mayo ya me había librado oficialmente de la vida de hija para abrirme paso a la vida de mujer independiente. Pobre, pero independiente.


Los dos primeros meses sentía una mezcla de libertad y prisión. Vivía sola y en teoría las cosas acá se hacían a mi manera, pero no me alcanzaba el sueldo, por lo que nunca tenía un mango, y por otro lado mi vida giraba en torno a si mi novio venía o no.


El verdadero conflicto estaba en los fines de semana, porque él venía y se instalaba y si los amigos lo llamaban para salir, se iba y me dejaba sola y sin planes, lógicamente. Tardé bastante en conseguir que comprendiera que si él estaba acá yo no iba a arreglar con mis amigas, y si de repente se iba me cagaba la noche, porque ya no había chances de hacer planes.


De una charla en la que básicamente le dije “necesito libertad” terminamos oficializando la convivencia. Y me puse feliz, porque lo amo, pero hoy viendo para atrás recuerdo que no era lo que estaba pidiendo…


Un mes más tarde me quedé sin trabajo y con los sueldos míseros ofrecidos más la crisis se me hizo difícil encontrar uno. Fueron 2 o 3 meses de angustias y pobreza, pero en el medio adoptamos a Mía, y una cachorrita que requiere toda tu atención no deja mucho margen de tiempo para la depresión.


Llegó mi cumpleaños en octubre y me encontré oficialmente en la mitad de la década, todavía sin un mango y con pocas ansias de festejos. Y en esos días conseguí trabajo. Uno que me gusta y en el que estoy cómoda, pero con un sueldo de inmigrante indocumentado…


Y así llegó diciembre, con navidades sin regalos ni arbolito, con mis amigas haciendo planes de vacaciones y yo con mi indemnización convertida en 4 ruedas y un motor.


Y con el análisis de fin de año veo que tengo un montón de cosas que anhelé por mucho tiempo, mi casa, mi auto, mi perra y aun así no soy feliz. Y soy conciente que la culpa la tienen las constantes discusiones con mi novio.


Hemos sido criados de formas muy distintas y en nada pensamos siquiera parecido.

Yo soy una persona que necesita mimos y contención de su pareja, y él es egoísta y desconsiderado. Hablar con él es hablar con la pared. No entra jamás en razones ni tiene la capacidad de ponerse en el lugar del otro y analizar qué le puede gustar o no.


Todo termina en peleas, ya no hay besos, ni mimos, ni abrazos…

Si yo no cocino acá no se come, si no limpio vivimos en la mugre, si no pago las cuentas nos cortan los servicios, y si no me encargo de Mía la perra se desnutre.


Así con todo.

Y analizándolo fríamente no sólo no es lo que quiero para mi vida sino que no me lo merezco.


Se que debería sentarme a hablar con él, pero ya lo hice en varias ocasiones y nada cambió, entonces se me terminan las ganas.


Hoy descubrí que estoy deprimida, que ando triste, sin hambre, con un nudo en la garganta y entendí que la culpa no la tiene solamente el almanaque.


Quisiera que las cosas cambien, que podamos disfrutar lo que tenemos, que la persona que esta a mi lado no solo diga que me ama sino que lo demuestre, y tal vez esté pesimista pero no veo ese cambio posible, entonces formulo por primera vez esta frase: las cosas no están funcionando.


En 48 horas voy a levantar un copa con sidra en casa de mis tíos, brindaré con ellos, con mis primos, mis abuelos, mis padres y mi novio diciendo “Feliz Año Nuevo” pero me conozco, voy a estar llorando y brindando por un cambio.


Ojalá hoy Charly se acuerde que tengo un blog y sienta curiosidad por leer como estoy…

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Amores Perros

Si me remonto a mi infancia recuerdo claramente dos cosas que les pedía a mis padres: un perro y un hermano. En un momento llegué a pedirles que elijan, o uno u otro. Siempre se negaron.


Si, soy hija única, niña consentida de papá y compañera de mamá. Pero hoy me voy a explayar en el tema canino.


Desde que tengo memoria que siento un amor incondicional por los perros. Tanto que antes odiaba a los gatos, porque nunca fui un persona con grises. Hoy no los odio, pero definitivamente me quedo con los perros.


Casa donde iba y había perros me tenía ahí, en el piso, jugando con ellos y en seguida venía la repetida petición, siempre con una negativa como respuesta.


Mi abuela paterna tenía a la perrita que había sido de mi padre en su adolescencia. Para cuando yo vine al mundo ya era viejita, pero cómo la amaba y cómo lloré cuando me dijeron que había muerto. Hace poco supe que estaba enferma, es verdad, pero que la sacrificaron antes de tiempo porque para mi abuelo ya era un problema y mi abuela no tuvo opción. Ese día volví a llorar por Carolina…


Mi mamá se crío con perros toda la vida, los tuvo de todas las razas. Yo recuerdo a dos hembras negras, una belga y una doberman, que me dejaban hacerle cualquier cosa cuando visitaba a mis abuelos.


Cuando tenía diez años, para una navidad, recibí de parte de mis tíos y abuelos maternos una hermosa caja con un moño rojo. Recuerdo que me dijeron “agarrala bien, cuidado que se rompe”. Sentí el peso de esa caja en mis manos sin la menor idea de lo que pudiera contener. Quite el moño y al abrirla vi una pulguita negra y marrón que llorisqueaba. Era una perrita pequines de 40 días y fue amor a primera vista.


Para mi se detuvo el mundo. Era el mejor regalo que me pudieran haber hecho, era un perrito, lo que tanto había ansiado, sería mi compañera, dormiría conmigo, la llenaría de mimos y un montón de promesas que hice para mis adentros mientras la besaba y acariciaba. Me dijeron que le ponga un nombre, y sin pensarlo dos veces dije Reina, como en “La Dama y El Vagabundo” quien también había sido un regalo navideño en una caja con moño…


El idilio duro muy poco. Minutos.

Mi viejo dijo “ese perro a mi casa no entra”.

Pensé que su reacción era por la raza. Sabía que a mi papá no le gustaban mucho los pequineses. A mi tampoco en realidad, pero ya eso no importaba, ya me había enamorado.

Imploré que recapacitara de su decisión como poca veces. Prometí todo con tal de que Reina sea parte de mi vida. Su respuesta seguía siendo No. Creo que esa noche lloré más lágrimas de las que pensé que tenía. Cómo la navidad perfecta se transformo en la peor de mi vida? Y mientras yo lloraba y odiaba a mi padre, él se entretenía puteándose con mis tíos y abuelos por el regalo no autorizado.


Acá hago un paréntesis. Creo que un perro no es un regalo para hacer sin consultar. Creo que ningún niño debería crecer sin perros, en especial cuando los pide. Creo que cuando las cosas ya están hechas no se pueden deshacer tan fácilmente y romper así el corazón de un niño. Creo también que mi papá es una persona especial, que me trauma en muchos planos, y como es evidente, desde muy pequeña.


Obviamente me fui sin Reina y con el alma aguada. Ella se quedo con mis tíos, que la trataron siempre como a una reina, pero la llamaban Canela.


Los años pasaron y yo seguía reclamando un perro a mis padres, pero cuidándome bien de no recordarles el episodio con la pequinesa porque hubiera despertado la sensible ira de mi viejo.


No se en qué punto me resigné y empecé a pensar que cuando tuviera mi propia casa definitivamente tendría un perro. Y cómo me habrá marcado la infancia Reina y “La Dama y El Vagabundo” que siempre quise una cocker, dorada y hembra.


En mayo de este año mi nuevo hogar me abrió las puertas, no solo de mi nueva residencia, sino de un lugar donde rigieran mis reglas.


Durante meses (incluso antes de mi mudanza) busque por internet a la perrita que yo quería, pero se hizo difícil, porque la gente cruza mal a los animales y nacen cachorros con manchas donde no corresponden.


En esa época yo estaba fuera de casa todo el día y por primera vez comprendí (en parte) el motivo de la negativa de mis padres. Cómo encargarse de un perro, en especial cuando es cachorro, si no estás en todo el día?


Tres meses después llego mi despido y el concubinato ya era oficial. Charla de por medio, decidimos tener un perrito. Mi condición fue hembra, pero con la raza no hubo acuerdo, así que orientamos la búsqueda a un perro sin raza.


Una noche quedé en cenar con una amiga que no veía desde hacia un tiempo. Vino a casa y pizza va, cerveza viene me cuenta que sus perros se cruzaron sin querer y que tenía 8 cachorros de 35 días para regalar.


Creo que se me transformó la cara. Quise en una sola y trabada frase decirle que había estado buscando cachorros, que queríamos hembra, que no nos importaba que fuera una cruza y que me cuente ya como eran esos bebés, porque si o si uno seria mío.


Me contó que habían nacido cuatro hembras y la misma cantidad de machos, y que tenía disponible 3 hembras negras, dos iguales y una con el pecho blanco, ya que los demás estaban prometidos. Me ofreció ir en ese mismo momento a verlos y casi acepto, pero en un instante de lucidez entendí que sería mejor esperar a mi novio para decidir juntos.


Al otro día al mediodía fuimos. Había dejado a las tres hembras sueltas y apartó a los demás para que no nos confundiéramos. Una de ellas se escondió detrás del futón y no salió hasta que nos fuimos. Otra no nos dio bolilla y se durmió enseguida. La tercera, la del pecho blanco, fue la que nos vino buscar a la puerta y nos llenó de besos. Pasaba de mis brazos a los de mi novio pidiendo mimos y nos compró.


Así fue como Mía nos eligió a nosotros, y no al revés. Cuando dijimos “es ella” lloré. Pero esta vez de alegría. No podía creer haberla esperado toda la vida. Sólo quien ame a estos bichitos como yo me entiende.


Es cierto que no es fácil educar a un cachorro y que toma tiempo y dinero encargarse de un perro. Es verdad que hay veces que me dan ganas de matarla y la amenazo con publicar en Facebook su adopción. Pero llena mis días de alegría, pide mimos todo el tiempo, es super compañera, no me deja sola nunca, me recibe con besos y abrazos (si, abrazos) y mueve la cola cuando le hablo con cariño.


Su nombre ya estaba elegido de antemano, pero a mi novio y a mi amiga no les gustaba. Les dije que lo iba a pensar… Mientras tanto, mi amiga ponía en una bolsita algo de alimento, un huesito y la correa que había sido de su madre. Cuando me da la bolsa leo impresa en ella “Perfumería MIA”. Estaba predestinado. Ese era su nombre, porque las casualidades no existen.


Esta es la historia de cómo me convertí en mamá, de cuánto esperé a Mía y de lo mucho que la amo, mejor dicho, que la amamos, porque es Mía, aunque es nuestra.



miércoles, 9 de diciembre de 2009

Arroz con Leche

“Arroz con leche, me quiero casar con una señorita de San Nicolás, que sepa coser, que sepa bordar, que sepa abrir la puerta para ir a jugar…”


Esta canción es una de las tantas con la que crecimos la generación del 80… Nos hacía parecer demasiado simples las tareas hogareñas. En mi caso, no se coser, ni bordar ni soy de San Nicolás pero en los últimos meses tuve que aprender a abrir la puerta de mi departamento para que mi perrita pueda ir a jugar.

También tuve que poner en práctica los secretos higiénicos de mi madre e inventar los propios… Fórmulas mágicas para dejar los vidrios sin vetas, las sábanas perfumadas, las hornallas brillantes y un sin fin de etcéteras.


Me reconozco una enferma del orden y la limpieza, lo que nunca me imaginé fue que tomara tanto tiempo y esfuerzo mantener una casa reluciente. No es solo cocinar, barrer y lavar los platos, pero aunque así lo fuera solo las amas de casas con presupuestos que impiden contratar ayuda saben cuánto tiempo toma.

Cuando recién me mudé viví un tiempo “sola” por lo que las tareas del hogar eran exclusivamente mías. Los sábados a la mañana limpiaba en profundidad y todos los días cuando llegaba del trabajo repasaba alguna cosita. El olor a Poet y las cosas en su lugar me brindaban un placer que no se describir y actualmente extraño.


Dos meses después las visitas diarias de mi novio se formalizaron en convivencia, y con él llego su ropa, sus libros y su batería. Debo reconocer que trajo poco el pobre, ya que cedió casi todas sus pertenencias a su familia, pero de todas formas hubo que hacer espacio en el placard, en los estantes y hasta deje de dormir en el medio de la cama. Eso fue lo más fácil, una sola noche semanal no te da mucho margen a acostumbrarte a las dos plazas del sommier.


El problema no fue su presencia, sino su desorden. Creo que es una característica innata de los hombres: no saben respetar el lugar de las cosas. Y lo que es peor, suponen que un séquito de duendecitos guardan todo en su lugar cuando se van a dormir. Bueno, los duendes no existen, soy yo! Informarles esto es más o menos como decirle a un niño que Papa Noel no existe y que no recibirán más regalos ahora que el misterio ha sido develado. LOS DUENDES NO EXISTEN, ENTONCES COLGÁ LA CAMPERA, GUARDÁ LA ZAPATILLAS, PONÉ LA MESA O AYUDÁ EN ALGO!


Todavía no estaba del todo claro este punto cuando decidimos adoptar una perrita. La buscamos como si adoptáramos a un niño afgano. Al no ponernos de acuerdo con la raza, optamos por un perro “marca nada” para darle un hogar a uno de tantos animalitos que nadie quiere por falta de pedigree. Terminó siendo una perrita mestiza, fruto de una cruza no deseada, de otros perros sin raza y así sucesivamente en su árbol genealógico.


Nos cambió la vida. Especialmente a mi.

Era yo quién estaba en casa todo el día sufriendo las consecuencias de un nuevo ser que me cambio la vida, que lloraba, hacia sus necesidades por todos lados, estrenaba sus dientes y reclamaba atención. Su presencia implicó nuevas rutinas de limpieza entre otras. Ya la casa nunca más estuvo reluciente.


Han pasado algunos meses y Mía ya sabe qué lugar tiene designado en la casa para sus necesidades aunque a veces de olvida y hace en cualquier lado. Pasaron también muchas charlas con mi novio y no le quedo otra que sacarla a pasear él también y ayudarme a limpiar sus desastres.


A cambiar las sábanas, pasar un trapo a los muebles, barrer y trapear, limpiar el baño, los vidrios, acomodar la ropa, lavar algo de ropa a mano y llevar a lavar otro tanto, limpiar el horno, hacer las compras y cocinar se le sumo limpiar pis y caca de la perra, barrer a diario porque esta cambiando el pelo y sacarla a pasear en un intento de que aprenda a hacer afuera.


El punto es que mantener un hogar presentable toma mucho tiempo y se reconoce poco. Mis amigas me llaman Monica Geller, y tienen razón, porque me encanta limpiar no por el acto en sí sino por deleitarme con la casa limpia una vez finalizado. El tema es que ahora limpio con la misma o más frecuencia que antes y no se nota la diferencia y la única solución que encuentro es recibir ayuda.


No da estar en cuatro patas limpiando el baño mientras mi novio chatea. Tampoco da limpiar todo cuando él no esta y que a penas pise la casa deje todo tirado. Menos que menos da que cuando le pida ayuda su respuesta sea “tengo que estudiar” pero no lo haga…


Es el eterno problema de comunicación entre hombres y mujeres. Parece que hablamos distintos idiomas y que para entablar diálogo deberemos aprender el suyo, ya que enseñarles el nuestro es imposible. No porque sean tontos, sino por cómodos y oportunistas.


Por más que me queje solo puedo seguir limpiando mientras pido ayuda y tal vez un día de tantos la reciba. Eso o dejar que la casa de caiga a pedazos... No hay chances, definitivamente la primera opción.


Conclusión: mi novio sigue siendo ese niño que conoce la mentira de Papa Noel, pero se hace el tonto y sigue escribiendo cartitas para Navidad. Y por las dudas, dos semanas después les deja agua y pasto a los Reyes.