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martes, 19 de enero de 2010

Los Hombres de mi Historia: Juan, mi primer amor (II)

Me bajé de la cama y caminé en punta de pies entre la mezcla de brazos y piernas que había desparramados sobre los colchones. Estaba completamente colorada y evité las miradas de todos. Llegué al lugar donde debía recostarme y lo hice, mirando al techo.


Me dijo tu amigo que venga para acá. Uno de los chicos preguntó con muy poco tacto si yo le gustaba a Juan y él respondió que si. Después me pregunto a mi y me reí, afirmando. Entonces, dense un beso. Yo no paraba de reírme, de nervios por supuesto. Entonces Juan me mira, se incorpora dejando su cara sobre la mía todavía en la almohada y me dice: Empezamos? Y me besó.


Es fácil 10 años después decir que fue un comienzo espantoso, que no hizo nada por conquistarme y que no es forma de decirle a alguien que le querés dar un beso, pero más vergonzoso es reconocer que en ese entonces pensé exactamente lo mismo. No fue un buen beso, estaba incomoda, no me podía mover, él tenia el control completo del beso en cuanto a intensidad y duración. Los primeros besos con alguien raramente son buenos… Gracias a Dios después mejoran.


Era evidente que mucho más en esa casa no podíamos estar. Todavía era relativamente temprano, pero calculo que ya había pasado la medianoche. Teníamos que buscar la forma de irnos a dormir todos enfrente, los chicos y nosotras, que no teníamos permiso. No recuerdo como convencimos a mi abuela y cruzamos todos con los colchones a dormir en la otra casa (es una forma de decir, por ese entonces era un terreno con una pileta y una cancha) a merced de los mosquitos.


Ana se acostó cerca de su acosador, yo a lado de Juan y los demás desparramados por ahí, aunque estábamos todos juntos. No tengo la menor idea que habrán hecho lo demás. Solo recuerdo que con Juan pasamos la noche conversando y dándonos besos. Mirando las estrellas en ese cielo despejado de verano me señalo Marte. Nunca antes lo había visto. Me regaló ese planeta y tiempo después me escribió una canción sobre esa noche y nuestra estrella.


Supongo que en algún momento, bien entrada la madrugada, nos habremos dormido. Nos despertó el sol bien temprano y de a poco fuimos organizándonos para ir a desayunar a la verdadera casa. Comimos algo, nos pusimos la malla y toalla en mano volvimos a cruzar al paraíso.


El sol del nuevo día me trajo incertidumbre. No sabía si debía comportarme igual que la noche anterior o hacer de cuenta que no pasó nada y dejar los hechos escondidos en la oscuridad. Tenía que mantenerme suficientemente cerca como para que recordara mi existencia, pero a prudente distancia por si decidía ignorarme todo el día.


La incertidumbre duro poco. En cuanto volvimos a estar solos, y por solos me refiero a lejos de la vista de mi abuela, volvió a besarme con igual intensidad que horas atrás.


A Juan nunca le gustó el futbol y como había llevado la guitarra pasamos el día cantando canciones de Calamaro, nadando en la pileta y fumando colillas de cigarrillo, las mismas que habíamos regado por el suelo el día anterior sin darnos cuenta que se nos acababan los puchos y no había plata para comprar más. Y aunque la hubiera habido, en provincia un domingo a la mañana lo único que podes conseguir es pan y diarios, ni en pedo un kiosco.


Al bajar el sol emprendimos la retirada. Mi abuela, obstinada como siempre, quería volver en colectivo, pero con Ana esgrimimos muy bueno argumentos, se ve, porque la convencimos de hacerlo en tren. Con mi abuela delante había que cuidarse del contacto con Juan. Una persona mayor no entiende de besos sin compromiso entre adolescentes y más cuando una de las partes es su nieta de 15 años.


Durante el viaje en tren concluimos que algo había que inventar para decirle a mi abuela y dejarla contenta. Lo pensamos todo el viaje con Ana, pero no sabía como decírselo a Juan, no podía acercarme demasiado a el. Mi abuela sabía que conocía a varios de los chicos, pero en teoría Juan y yo no nos conocíamos. El mejor nexo de contacto era mi primo, pero como había plantado cara de culo al vernos llegar a la quinta y aun más cuando Juan y yo nos besamos, no era de ayuda. Todo lo contrario, corría el riesgo de que le diga cualquier cosa a mi abuela o lo que es peor, que le diga la verdad: No hay nada entre ellos, solo se dieron unos besos.


En constitución nos tomamos el bondi, y eso significaba que me quedaban 10 minutos para inventar algo con respecto a Juan. Se me ocurrió decir que éramos novios desde hace unos días y dentro de una semana o diez días decirle a mi abuela que nos habíamos peleado. Eso justificaba mi accionar ese fin de semana y aplacaba la moral de mi abuela. Ahora me tocaba avisarle a Juan de mi plan…


Juan me encantaba, pero debo reconocer que en ese momento estaba mas preocupada en quedar bien ante los ojos de la chusma de mi abuela que en procurar que lo nuestro con Juan durase algo más que un mísero fin de semana.


Me acerco a la parte del bondi donde estaba Juan y le digo:
- Le voy a decir a la vieji que somos novios hace cosa de una semana para que no me de clases de moral y dentro de unos días le digo que nos peleamos, si?
- Esta bien, pero vos querés?
Y mi cabeza pensó “obvio que quiero hacer eso, te lo estoy diciendo” y respondí:
- Sí, quiero - Y ahí entendí, me estaba preguntando si en verdad quería ser su novia. Pensá rápido, pensá rápido y respondí:
- Ah, Nooooo… - Tarada!!! Cómo le vas a decir que no? - Eh… si, no, si, no se, vos querés?
- Y si, por algo te lo estoy preguntando…
- Ah, ok, quedamos así.

Y volví a mi lugar, donde estaba Ana y le dije:
- Ana, tengo novio.

lunes, 18 de enero de 2010

Los Hombres de mi Historia: Juan, mi primer amor (I)

Siempre me consideré una persona con buena memoria, pero por las dudas cuando Ana vuelva de las vacaciones voy a hablar con ella para que me ayude a recordar algunos detalles. Ella tiene la cualidad de recordar mis peores cosas, pero también las más graciosas y ridículas. Obviamente que yo recuerdo las suyas.


Nosotras pasamos la vida juntas. Somos amigas desde el día en que nací, hace 25 años. Ella tenía 10 meses y por ese entonces nuestros padres, que eran conocidos, habían empezado a forjar la amistad que los une hasta el día de hoy.


En algún momento de nuestros juegos infantiles prometimos ser amigas toda la vida y amadrinar a nuestro primer hijo, que debería ser nena y nacer más o menos para la misma época. Hasta ahora cumplimos con la parte de la amistad, yo soy madrina de su primera y única hija Jazmín (que tienen 3 meses) y ella será la madrina de mi hijo/a el día que lo tenga, pero no creo que podamos cumplir con los tiempos. Para eso debería estar embarazada, oh! No, por Dios! Por ahora no…


Volviendo a la adolescencia, cuando estaba en segundo año me reencontré con una amiga que no veía hacia un tiempo. Empezamos a frecuentarnos y así conocí a su hermano: Juan. Un día llegué a su casa y estaba tomando sol en la reposera, y cuando me dirigía a saludarlo se levantó y se tiró a la pileta. Me ignoró. Y eso es lo peor que un hombre puede hacerme.


Me encantó desde el primer momento que lo vi, pero él no me registraba. Claro, qué tiene para mirar en una rubiecita petiza un morocho, alto, de ojos verdes tres años mayor?


Por esas cosas del destino resultó ser parte del grupo de amigos de mi primo. Para cuando llego el verano mis tíos estaban construyendo su casa quinta y aunque ésta estaba en veremos, la pileta y la cancha de futbol estaban terminadas. Como estaba frente a la otra casa quinta familiar no había inconvenientes para ir, se podía pasar el día en la pileta y luego ir a dormir a la otra casa.


Un viernes supe que la pileta estaba terminada y arregle con Ana para ir a pasar el fin de semana, sin saber que por su lado mi primo estaba organizando lo mismo con sus amigos. Mi primo siempre fue especial en cuanto a compartir momentos y amistades, básicamente un egoísta, pero como me enteré del detalle de su presencia tarde, me hice la tonta y fuimos igual.


Nos despertamos temprano y nos tomamos el tren hacia zona sur. Caminamos la cuadras que separan la estación de las casa y cuando llegamos ahí estaba él. En realidad estaban todos, pero a mi solo me importaba Juan.


Pasamos el día al sol en la pileta. Yo tratando de llamar la atención de Juan pero con mis recién cumplidos 15 años todavía no había aprendido cómo. Ana por su parte se tuvo que bancar el acoso de otro de los chicos, pero qué no hace una por una amiga?

Al caer el sol nosotras debíamos cruzar a dormir en la casa terminada, mientras que los chicos habían organizado pasar la noche bajo las estrellas. Éramos dos mujeres entre seis hombres. Convencimos fácilmente a cinco de ellos de dormir todos juntos enfrente, pero mi primo encaprichado oponía resistencia. A él lo convencieron sus amigos.


Después de comer sacamos la mesa y tiramos todos los colchones uno al lado del otro en el living. Pobre mi abuela… Ella intentaba dormir en uno de los cuartos, pero 8 adolescentes a una pared de distancia no la dejaban.


Y yo estaba ahí, acostada en la única cama con Ana, pensando que si esa noche no pasaba nada con Juan, mis intentos de seducción habrían fracasado rotundamente. Estaba a punto de desistir cuando el acosador de Ana se me acerca y me dice: No me dejás acostarme acá? La miro a Ana, que ya estaba entregada y a decir verdad un poco le gustaba el flaco, y me dice que si. Cuando me estoy bajando, el flaco remata: Vos acostate allá, al lado de Juan…

viernes, 15 de enero de 2010

Los encuentros con la farándula cuestan caros

Este título no tiene nada de retórica.


Ayer tipo 8 de la noche surgió una de esas salidas entre semana que a mi me encantan: algo no planeado pero avisado lo suficientemente antes como para que me haga la idea que voy a ir dormida al laburo al otro día. Me llama Charly y me cuenta que su profe de batería iba a tocar esa misma noche, si tenía ganas de ir.


Más allá de que me encanten estas salidas no programadas también me gusta el jazz entre semana, así que ahí fuimos.


Agradecí a todos los santos tener auto. No me hubiera ido un jueves hasta Chacarita en bondi ni de casualidad, ya estoy vieja para esos trotes.


Llegamos y nos encontramos con un bar de mala muerte, una fonda de barrio media destartalada: sillas y mesas rotas, bichos alrededor de las luces y ni hablar del baño. Pero yo estaba de buen humor y todas esas cosas que suelen molestarme mucho ni me inmutaron.


Cuando nos sentamos vino la moza con la carta en la punta de la lengua. Entiendase, no había carta. Ella repetía rapidito y de corrido los platos disponibles y uno debía hacer el esfuerzo por tentarse con algo de esa lista unisona.


- Picada tenés? - preguntamos después de escuchar la lista.

- Si, pero no de fiambres. Son albondigas, tortilla y tarta.

(The what?)

- Ahhh y pizza?

- No, sólo comidas caseras.

- Ok, traenos dos peccetos y una Stella. (más tarde pedimos la segunda)


Con Charly estabamos en postura novios. Nos besabamos, charlamos un monton, nos dijimos cosas lindas y también hablamos de temas profundos. Aparentemente la monotonía de la vida cotidiana no da mucho lugar para ese tipo de conversaciones. Si en cambio para las peleas.


En fin, cuando empezó el show lo escuchamos atentos y sólo hablábamos para hacernos comentarios sobre la música, los instrumentos, los solos de cada uno, y demás temas relacionados. Hasta que Charly me dice: Viste quién está ahí? Giro mi cabeza y lo veo. Nooo, Alejandro Dolina!!!


No soy cholula, pero al tipo lo admiro.


En el break de los músicos salió afuera para que su grupo pudiera fumar. Estaba ahí, a metro veinte de mi mesa, de espaldas, y yo buscando el momento para saludarlo mientras mi novio me decía que no lo joda. Lo analicé y dije tiene razón, y desistí.


Y en ese momento se da vuelta. Me mira. Le sonrio.

- Hola, cómo estás?.

- Bien - responde.

- Te puedo saludar?

- Si, dale.

Se acerca y me da un beso.

- Disculpá, no te quería molestar.

- No hay problema, cómo te llamas?

- Ela.

- Mucho gusto - Y recien ahí lo saludo a Charly.

- Te molesta si nos sacamos una foto?

- No, dale.

Y ahí lo abracé, me abrazó y quedamos inmortalizados en el celular de mi novio. Le agradecí y se fue.


Me quedé satisfecha. No tanto por el encuentro sino porque se dio y se notó que lo admiro pero no quería joderlo. Un bohemio escuchando jazz a una mesa de distancia. Un groso, super buena onda.


Cuando vimos el reloj decidimos que era suficientemente tarde y mejor nos ibamos. Pedimos la cuenta y la moza sin dudar dijo: Son 120 chicos. THE WHAAAAT?


Tuvimos que sumar todo lo que nuestras billeteras contenían para llegar a esa suma. Por supuesto que no dejamos propina. Ahí nos enteramos que la cerveza estaba 25 pesos y haciendo cálculos básicos dedujimos que cada plato de comida costaba 35.


Nos cagó la noche. Todo el viaje de vuelta a casa lo utilizamos para analizar cómo un bar de mala muerte cobra 35 pesos un plato con 3 rodajas de pecceto y media papa. Y ni hablar de que cobren la cerveza a precio Las Cañitas. Hola, estabamos en Chacatita frente al cementerio. Concluimos que pretendieron en una noche salvar el mes. Pero igual considero que merecen la quiebra. He dicho.


Es increible. Cuando menos plata tenés más gastos inesperados surgen. Y ni hablar de la lluvia del domingo que nos hizo desperdiciar los 76 mangos de la entrada a Parque Norte sin siquiera haber tocado la pileta… Y para colmo de males hoy tengo que llevar a Mía al veterinario.


En breve me verán haciendo malabares en los semáforos. O limpiando vidrios. No tiene una monedita, Don?

martes, 12 de enero de 2010

Los Hombres de mi Historia: El Preámbulo

Cuando decidí dar comienzo a este blog me puse a pensar si escribiría sobre un tema en particular (que los hay y muchos) o sobre temas en general. Las ideas que surgían tenían como hilo conductor los trastornos que me generaron y generan. Esos trastornos no son más que traumas, de ahí el nombre del blog.


Muchas de las cosas que me han pasado en la vida sin ser maravillosas, esplendidas y diferentes, fueron cosas que me traumaron y hubo veces que no me dejaban avanzar y otras que tuve que aprender a superarlas.


Como toda mujer, uno de esos temas traumáticos son los hombres.


Como toda pre-adolescente bonita de fines del siglo pasado, comencé a relacionarme afectivamente con el sexo opuesto medianamente temprano. Se de muchas mujeres que dicen haber tenido su primer novio a los 18, su primer beso a los 15 o cosas por el estilo. No es mi caso.


A los 12 años tuve mi primer beso (de los besos en serio, no picos) con un chico que no me gustaba, con el mero fin de “practicar” por si algún día el joven que robaba mis sueños se dignaba a darme bola. Eso nunca ocurrió, por supuesto…


En séptimo grado tuve mi primer noviecito. Se llamaba Mariano, y era amigo de mi primo. La experiencia fue corta, aunque tuvimos unas idas y vueltas durante un par de años. Me pasaba a buscar a la salida del cole, me acompañaba 2 cuadras hasta mi casa, dábamos paseos por el parque, íbamos juntos a bailes de colegio. Todo era muy inocente y tierno, no había maldad ni segundas intenciones. Nos queríamos mucho, tanto, que para nuestro primer cumplemes me regaló los anillos de plata con nuestros nombres grabados. Hasta el día de hoy conservo ese anillo, aunque el suyo voló por la terraza de mi escuela una noche de baile cuando le dije que no quería que sigamos siendo novios.


Unos meses después volvimos, y a la semana me fui de viaje de egresados. Esa fue la primera vez que fui infiel, y de eso si me arrepiento. Le di un beso a un chico que no me gustaba solo para “hacerme la loca”, sin medir que estaba lastimando a quien me quería mucho. Por supuesto se enteró, no sabía cómo pedirle perdón y hasta el día de hoy no se cómo me perdonó, y volvimos. Honestamente no quería seguir saliendo con él, pero ¿cómo decirle a alguien “me mande un flor de cagada, te pido perdón, pero no quiero seguir saliendo con vos”? Y se ve que no había aprendido la lección, porque un par de días después le estaba dando un beso a otro chico que me gustaba incluso antes que Mariano. Por suerte eso nunca lo supo, pero de todas formas terminamos y empecé a verme con este otro chico, Darío.


Escribirlo me da escalofríos. Tenia 13 años y ya había tenido experiencias de las que me enorgullezco poco con 3 chicos distintos, el del beso, Mariano y Darío. Y bastante turrita era por lo visto además de rapidita, porque con tan pocos años ya conocía la infidelidad.


Y acá hago un paréntesis. Tal vez un beso no sea considerado como INFIDELIDAD con todas las letras, pero es lo único que conozco como tal. Por supuesto que con ese tenor lo he sido más que una vez, pero mis cuernos jamás significaron sexo. Al menos no las veces que les fui infiel a mis parejas, la forma en la que otros fueron infieles conmigo es otro cantar, pero no me quiero adelantar en el tiempo…


Como decía, salí un tiempo con este chico Darío. Era verano, no existían los celulares, nos daba vergüenza llamarnos, así que yo sabía que después de las 4 de las tarde existían altas chances que me toque el timbre para ir a pasear. Así como empezamos a salir dejamos de hacerlo. Mejor dicho, si cortamos no lo recuerdo.


Cuando volvió la época escolar, yo estrenaba nueva escuela y nuevos compañeros en ese ámbito desconocido y cruel que llaman secundario. También volvieron los bailes de colegio, a los cuales por supuesto que iba, ya que no me dejaban ir a bailar, y ahí volví a verlo a Darío y así tener asegurado un beso semanal.


Estaba enganchada, me gustaba mucho, pero no pretendía nada más de lo que teníamos, no por falta de “amor” sino por ignorancia. A parte estaba cómoda en mi humilde rutina: iba a la escuela de lunes a viernes doble turno, los sábados me veía con mi mejor amiga Ana y a la noche íbamos a los bailes, o nos quedábamos en casa de alguna boludeando juntas, siempre juntas.


Así como fue de espontáneo nuestro comienzo fue nuestro final. No lo hubo, simplemente dejamos de vernos. Ahí me di cuenta que estaba enamorada, o al menos eso creía, entonces Darío empezó a ocupar todos mis pensamientos, mis páginas de diarios íntimos, mis llantos adolescentes.


Los fines de semana, dentro de la rutina que teníamos con Ana, era obligatorio pasar por la cuadra de su casa con la esperanza de encontrarlo. Esas rutinas consistían en que Ana me pasaba a buscar por mi casa los sábados y/o domingos por la tarde, íbamos a pasear por el barrio y en el kiosco más escondido comprábamos Licoritas de Felt-Fort y un Camel de 10. Después del paseo, terminábamos sentadas en un umbral de un pasaje cercano a casa, nos prendíamos un pucho y tomábamos el pecaminoso licor, haciéndonos las rebeldes. Posteriormente, cuando llegábamos a mi casa, era obligado entrar gritando que nos hacíamos pis, entrar al baño juntas (como siempre en esa época) y proceder a lavarnos los dientes y tirarnos perfume para ocultar el olor a cigarrillo.


Es el día de hoy que, cuando tomamos mate mientras Jazmín, mi ahijada, duerme y recordamos esto nos reímos a carcajadas llenas de añoranza por esos tiempos felices de rebeldía adolescente.

viernes, 8 de enero de 2010

Relaciones familiares: Mi abuela (II)

(...)


A mi abuela se le acabaron las ganas. Lo dice ella, está cansada. Ella también tiene sus años y con mi papá tenemos miedo que se termine enfermando, por lo que de vez en cuando amenazamos al viejo con que si a mi abuela le pasa algo lo metemos en un geriátrico.


Por lo años a cuestas y la situación las malas características de su personalidad se acentuaron. En honor a la verdad, debo decir que es muy criticona. En especial conmigo. Y con su nuera, mi mamá, también.


Mi vieja es una santa que le banca todo. Hace más de 25 años que mi vieja tiene otra madre, una que la trata y acompaña de una forma que su madre biológica nunca supo hacer. Ellas se adoran.


Pero como decía, mi abuela critica todo. No es una persona negativa, pero sus frases empiezan siempre con un NO. No te escucha, no te deja hablar, no le gusta que la contradigan. Cuando algo no le gusta, o sea, el 95% de las cosas, lanza una onomatopeya que consta de una eme sostenida. Un largo mmmmm con gesto de asco. Debo decir que es bastante molesto, aunque yo también lo haga…


Esta abuela tan peculiar tiene también la particularidad de hacer comparaciones odiosas.

Para ella todo lo que le pase a cualquier ser humano que no sean mis viejos o yo está perfecto, es genial y único.

¿Sabias que fulanito, el nieto de mi amiga Chola, se recibió con honores de Sarlanga y está trabajando de jefe de sarlangas en Quecarajomeimporta S.A.?

(Ah si? Mirá vos que bueno… Yo en cambio soy una inepta, que terminé de carrera porque los planetas se alinearon pero no me recibí todavía así que soy “nadie” y mi laburo es un desastre, pero porque no doy para más, obviamente.)


Y todo lo que se refiera a mis tíos y/o primos es por decantación mejor que lo mío.

No sabes el departamento que se compro tu tío… Herrrmoso, el living es el doble que el tuyo.

(Claro, no vaya a ser cosa que sea la mitad… A parte eventualmente será para alguno de mis primos y ellos no pueden terminar en un hogar más pequeño que el mío bajo ningún punto de vista!)


Estos comentarios me molestan sobremanera y me traumaron durante mucho tiempo. Sentía que nada de lo que yo pudiera hacer llegaría a satisfacerla al punto de sentir orgullo por mi. Pero me equivocaba.

Por esas vueltas de la vida terminé escuchando más de una vez de boca de sus amigas cómo ella hablaba de mi, de lo bien que me iba en la carrera, de mis esfuerzos por estudiar y trabajar a la par, de la mala suerte que siempre he tenido a nivel laboral pero que aun así era una buena hija que ayudaba a sus padres económicamente, que nunca les llevé un disgusto, que tenía lindas amistades. Hablaba con orgullo de lo linda que soy, flaquita y chiquita, un clon de ella en su juventud. También contó con alegría cuando me independicé de mis padres y mi reciente adquisición, mi primer autito.


Ella es tres personas en una. Cuando esta sin mi, cuando estamos juntas y hay más personas y cuando estamos solas. La primera habla de mi con orgullo y satisfacción, la segunda es criticona y desgastante y a la tercera la amo por sobre todas las cosas, porque es además de mi abuela, mi amiga y compañera.


El tema es que la visión que tienen los que me acompañan en el camino de la vida es de la segunda, entonces cuesta entender que le banque todo. Charly no comprende cómo la dejo meterse “tanto” en mi vida, como discutimos y aun así la sigo llamando y le permito opinar. Él asume que lo hago porque debo sentir algún tipo de deuda con respecto al departamento (que es en cierta forma suyo) pero no pasa por ahí, ni por sus atenciones, ni nada relacionado a lo económico. La deuda que yo siento con ella es por la forma en la que me crió, cómo me acompañó siempre, cómo estuvo cada vez que la necesité. Ella no enseñó con palabras, sino con actos. Detesto cuando la gente me dice que soy igual a mi viejo, eso es mentira, soy una combinación de las dos mujeres más hermosas del mundo: mi abuela y mi vieja. Las cosas malas que tengo las habré sacado de otro lado…


Cambió pañales, dio mamaderas, hizo comidas, enseñó a viajar en colectivo, me llevó de compras, de paseo, de vacaciones, me apoyó en todos los momentos difíciles de mi vida, escuchó llantos, reproches, injusticias.

Hoy la que pasa un mal momento es ella. Cómo no estar a su lado? Cómo no apoyarla? Cómo no ajustarme a sus caprichos? No podría, ni ahora ni nunca, darle la espalda a esa mujer que caminaba adelante para guiarme, a mi lado para acompañarme y atrás para sostenerme. No por deuda, sino por amor.


Que los años no pasen tan rápido, por favor, no se que haría sin ella...

jueves, 7 de enero de 2010

Relaciones familiares: Mi abuela (I)

Mi abuela es un caso especial…

La relación que tenemos no se compara con las típicas relaciones abuela-nieta.


Ella es una persona que siempre fue muy activa, siempre corriendo de acá para allá, siempre dispuesta a ayudar en lo que le pidan (y en lo que no también) y acompañar en todo momento.

Es una viejita moderna pero no ridícula. No se maquilla ni va a la peluquería, lleva sus canas con cierto orgullo y más de una vez le han preguntado dónde se hacia esos reflejos tan copados. Usa joggings, remeras de algodón, camperitas, zapatillas, alpargatas (de las lindas, obvio) para el día. Y cuando sale, polleras de modal (algunas fueron mías), remeras con estampados y chatitas.


Cuando sus hijos, que son mi papá y mi tía, se casaron ella dijo que le cuidaba una criatura a cada uno. Lo que no se imaginó es que nacerían con 10 meses de diferencia. Pobre vieja… Ella nos crió a mi primo y a mi.


Crecí en compañía de esta hermosa mujer que siempre me trató con amor a pesar de no ser muy demostrativa, y me hablaba de igual a igual sin importar mi edad. Con ella aprendí a putear (dije putear, no insultar) y a hacerme adicta a las novelas y programas de chimentos.


Heredé de ella el placer de sentarme en un bar a tomar algo con un tostado. También la necesidad de consumir, salir a mirar vidrieras y volver sí o sí con alguna bolsita. Y la cualidad de hablar hasta por lo codos, incluso estando sola.


Me dio siempre todos los gustos. Cada mes, con la jubilación de mi abuelo, íbamos a la juguetería y me compraba una Barbie. Y cuando fui más grande (aunque no tanto) cambié la elección por ropa. Siempre ropa.


Es, hasta el día de hoy, la que me dice que gaste, que me de gustos, que vaya a comer afuera, que me compre cosas, que no llore sobre la leche derramada, que no ahorre en comida. Ella siempre ahorra por mi. Le va sacando plata al amarrete de mi abuelo de a poco y cada tanto me dice: Tengo tanto para gastar, que querés?


Siempre fuimos muy compañeras. Yo soy, por genética y por costumbre, igual a ella. No soy una persona independiente, ella tampoco. Así que a cada lugar que teníamos que ir, así fuera a comprar pan, lo hacíamos juntas.


Soy su confidente, me cuenta cosas que no le dice a nadie, sobre cómo se siente por la situación de mi abuelo, qué opina de mis padres, de mis tíos, de mis primos. No me cuenta sus penas con llanto, sino como una situación por la que le toca pasar, y eso me hace admirarla cada día más. Es una mujer que no se cae. O al menos no se caía.


Hace varios años que mi abuelo está enfermo. Su problema no es una novedad, pero con el tiempo y los años se fue agravando. Tiene EPOC, en criollo: respira con el 15% de los pulmones, culpa de haber fumado durante años plus un laburito en el subte post jubilación.


Hoy por hoy depende 100% de mi abuela. Para comer, para acostarse y levantarse, para bañarse y hasta para caminar. Mientras él estaba medianamente bien mi abuela seguía haciendo su vida normal pero ya no es lo mismo. Tiene miedo y culpa de dejarlo solo y yo entiendo todo, pero esta situación la está consumiendo.


Se siente presa de su casa y de su marido y sabe que para retomar su libertad mi abuelo debe morir. Ella siente culpa por ansiar su libertad porque sabe lo que implica. Cuando uno, con corta edad, se pregunta si existe el amor para toda la vida basta con mirar el amor de esta mujer por su marido. Lo ama tanto que sufre a la par. Tanto, que dejó su vida de lado por acompañarlo en todo momento.


Hasta ahí un gesto hermoso, pero del otro lado no hay más que egoísmo. Pobre mi abuelo, yo lo quiero con toda mi alma, pero nunca se hizo querer. Es un buen tipo, conducta intachable, derecho y honesto, pero amarrete, poco cariñoso y egoísta al extremo. Si mi abuela dejó de lado su vida fue por culpa, pero esa culpa no vino sola, se la hizo sentir él, tanto tanto que la cansó y se instaló a su lado a servirlo.


(...)

lunes, 4 de enero de 2010

Relato de una ex-peatona

Nunca me gustó viajar en colectivo. Me da mucho asco agarrarme de esos caños mugrientos, el olor de la gente en hora pico, los vidrios sucios que impiden ver para afuera, viajar parada… En fin, detesto viajar en colectivo y me di cuenta de esto cuando hace varios años trabajaba por Palermo y tenia 45 minutos de viaje más varias cuadras para caminar.

En esa época decidí que necesitaba un auto.


Jamás tuve un sueldo interesante, pero me propuse ahorrar lo que pudiera y más adelante ver como barajaba algún crédito para comprar mi primer autito. Soñaba, humildemente, con un Fiat 600.


Mi siguiente laburo me quedaba muy cómodo a nivel transporte, a una cuadra de mi casa (la paterna por aquel entonces). De todas formas, los meses que podía, separaba algunos pesitos que si no eran para un coche, para algo los usaría eventualmente.


Así pasaron 3 o 4 años con el sueño de tener un auto, pero era conciente que no solo no lo necesitaba tanto, sino que no lo podía mantener. Y además, a medida que pasaba el tiempo y mis ahorros crecían mis aspiraciones también lo hacían pero exponencialmente. Entiéndase que el Fitito que pretendía en seguidita se transformó en un 147 y así sucesivamente, mientras que con lo acumulado a duras penas compraba una bicicleta.


En el interín surgió la imperiosa necesidad de mudarme. No pude ahorrar nada durante un tiempo, pero andaba contando las monedas ya que quería evitar a toda costa tocar mis míseros ahorros para la mudanza. Y lo conseguí.


Una vez en mi departamento el estilo de vida cambió. Se acabaron los taxis, el fiambre para sandwiches, los zapatos nuevos, los delivery y por supuesto también la capacidad de ahorro. Como me costaba tanto llegar a fin de mes, decidí dejar mis pesitos al amparo de mi padre, para vencer la tentación de hacerlos mierda en el primer shopping que viera. Hice bien.


Para colmo de males, en medio de mi crisis económica, me despiden del trabajo. Son cosas que pasan, yo venía tirando curriculums desde hacía un tiempo porque ya no estaba cómoda y me la veía venir, pero eso no quita que la situación le haya dado un golpe mortal a mi tambaleante economía hogareña.


Y encima, la indemnización se hizo esperar, como es usual…


Nos ajustamos lo más que pudimos y recibimos mucha ayuda de mi familia. Yo les decía que no me dieran plata, que me pagaran algun servicio. Y mientras mi vieja pagaba el cable, mi abuela me llenaba la heladera.


Fue duro. Recuerdo ponerme a llorar al abrir las bolsas y encontrar alfajores, golosinas, fiambre, pan lactal, aceite de maíz, lisoform, bolsas de residuo, pecceto para milanesas… convengamos que son cosas que uno dispensa cuando no tiene un mango…


Volviendo al punto, el sueño del auto estaba cada vez más lejano. Sin trabajo, sin capacidad de ahorro y con deudas no solo no existía la posibilidad de compra, sino que faltaba el sustento para su mantenimiento.


Hasta que un día llegó la indemnización. Y la idea de un trasporte volvió a rondar por mi cabeza.


Charly siempre tuvo moto, entonces empezamos por ahí. A buscar algo similar a lo que le habían robado meses atrás y así tener al menos una comodidad. Nada de lo que veíamos nos convencía y los precios eran altos, así que retomamos la idea del 147. Lo que veía, honestamente, no me gustaba. Sentía que era tirar la plata.


Definitivamente, pretendíamos más. Buscamos por Internet algún golcito, línea vieja. Nos parecía digno para empezar. Y en esa búsqueda separamos algunos para visitar, uno de ellos de los redonditos y por ahí empezamos.


Nunca llegamos a ver el segundo. Llegamos y ahí estaba, paradito en sus 4 ruedas negras, con los vidrios polarizados a modo de gafas de sol y su blancura de novia.


Nos encantó. Lo señamos con una suma irrisoria y 5 días después me convertí en dueña. Y de generosa nomás le regalé la cédula azul a Charly…


Tengo mucho más auto del que una simple laburante como yo podía aspirar. Sé que no es un Alfa Romeo, pero después de un año de tantos sacrificios honestamente no imaginaba poder comprarme un autito como este.


Por mi afán de humanizar las cosas y ponerles nombre, yo lo llamo Tito pero Charly le dice Monchito, y hace un mes y dos días que nos acompaña a todos lados. Me corrijo: que nos lleva.